viernes, 2 de enero de 2009

2009: El año de la crisis.

Ya está aquí. Ochenta años después de la peor crisis de la historia de la economía moderna, el 2009 se nos ha echado encima con un saco de datos que le configuran como el año más difícil para muchas familias, personas, empresas y -finalmente- naciones.

"Próspero año nuevo" es el deseo más frecuentemente expresado en torno a estas fechas. Difícilmente el 2009 será próspero para la mayoría y muchos suscribirían lo de "Virgencita, Virgencita, que me quede como estoy". Los buenos deseos no sirven de mucho en Economía. Que se lo digan a nuestro Presidente, que tras más de un año negando la crisis e inventando eufemismos cada vez más ridículos para referirse a ella, no ha tenido más remedio que asumir que existía, eso sí, diciendo que la culpa era de los neocon. Lo de negar la realidad para ver si así desaparece, no funciona. Tampoco parece que funcione que algunos, como el Presidente, espabilen a golpes de realidad y dudo que la próxima vez que no le convenga reconocer la situación, se resista a negarla.

Pero para "golpes de realidad" los que sufrirán las empresas que cerrarán, los empleados que engrosarán las listas del INEM (a pesar de la "ingeniería estadística" de la Administración), los inmigrantes que tendrán que volverse a su país y las familias que de tanto apretarse el cinturón echarán cintura de avispa aunque no quieran. Quienes tienen asegurado un 2009 tranquilo y con unos emolumentos fijos y bien por encima de la renta media, son los políticos, los mismos que no harán más que dar continuas (y a veces hasta incompatibles) recetas para solucionar la crisis y quienes declinarán toda responsabilidad si las cosas van a peor y reclamarán todos los méritos si por un casual mejoraran. Eso sí, los políticos de tribus distintas se echarán todas las culpas los unos a los otros, incluso aunque todos adopten medidas idénticas frente a la crisis.

Y es que lo peor de la crisis del 2008, será el 2009, de manera similar a como a finales de los años 20, las graves caídas bursátiles de 1928 sólo fueron el prólogo de las oleadas de quiebras de 1929. Los keynesianos e incluso algunos liberales de postín (como Pedro Schwartz y Xavier Sala i Martín) encuentran en las desastrosas quiebras de 1929 un ejemplo a modo de asidero para justificar parcialmente algunas de las medidas gubernamentales ante la crisis del 2008 (como el rescate bancario en el caso de Schwartz y el aumento del déficit público en el caso de Sala i Martín). Sin duda, el debate es complejo y está abierto. Pero existe aquí un riesgo de hacer un paralelismo sensacionalista que ciegue a los poderes públicos. Es obvio que hay similitudes entre la actual crisis y la de hace 8 décadas, pero también enormes diferencias. El peligro es que es tan rentable para la prensa el apelar a los parecidos históricos, que el día a día de llena de titulares donde se fuerzan los paralelismos entre ambas crisis. De resultas de esa querencia por la visión simplona de que "la historia se repite", se da por cerrado el diagnóstico y lo que es peor, se escogen soluciones basadas en el New Deal sin ningún espítiru crítico con lo que sucedió en los años 30 y sin analizar los verdaderos efectos de las políticas keynesianas a corto, medio y largo plazo.

Una de las principales diferencias entre el 2009 y el 1929 es la experiencia acumulada en 8 décadas de empirismo práctico extremadamente diverso. El conocimiento económico es más profundo, está más contrastado y es más accesible que nunca. Un ejemplo de esa accesibilidad es internet, que además facilita una gran posibilidad de difusión. Es en esta batalla de las ideas donde es posible crear corrientes de opinión y confrontar las supersticiones que se disfrazan de ideas y que tanto daño hacen a la sociedad cuando dirigen la acción política.

El reto merece la pena. Se trata de nuestro bienestar y nuestro dinero.

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