sábado, 3 de enero de 2009

"Creced y multiplicaos".

"Creced y multiplicaos, y llenad las aguas en los mares; y los volátiles multiplíquense sobre la tierra".

Génesis - 23.


El último padrón municipal actualizado a enero del 2008 cifra la población de España en 46.063.511 personas. Supone una subida de casi un millón con respecto al padrón municipal de un año antes y 6 millones con respecto al censo del año 2.000, es decir, que desde finales del siglo pasado España ha visto incrementada su población en una media de 750.000 personas por año.

Creo sinceramente que es una excelente noticia. Este incremento sería imposible sin los flujos migratorios de los que nuestro país se ha convertido en destinatario (y no emisor) desde la década de los noventa. Ese cambio de España de pasar de ser origen a destino de emigrantes supone un éxito colectivo por mucho que seamos conscientes de que no se pueden tirar las campanas al vuelo ni olvidar que no sólo es mérito de España sino demérito de muchos otros países, principalmente iberoamericanos, magrebíes y subsaharianos. En menor medida, China y los países del este de Europa aportan también importantes cantidades de inmigrantes a nuestra sociedad.

Dijo Friedrich Hayek que "tenemos que elegir entre ser pocos y pobres o muchos y ricos". Sin duda, el crecimiento económico de nuestra sociedad es sencillamente imposible sin esos trabajadores venidos de fuera. Pero muchos españoles lo que ven es que los niños de los inmigrantes hacen que las clases del colegio avancen con más lentitud debido a los foráneos que tienen problemas con el idioma. Ven cuando una cama de hospital es ocupada por alguien que no nació en España. Ven al camarero ecuatoriano, al albañil magrebí o al propietario de bazar chino que ocupa un local que antes pertenecía a un comercio de barrio "de los de toda la vida". Hay muchos resortes psicológicos que nos hacen sentirnos amenazados ante quienes no pertenecen a lo que consideramos nuestro grupo social. Por eso, defender la necesidad y los beneficios de la inmigración se topa con dificultades de índole psicológica e incluso antropológica. Por eso es popular (y no sólo populista) defender regulaciones que penalicen "al de fuera" fingiendo beneficiar "al de dentro". Si lo defienden los nacionalismos regionalistas dentro de España (véase el Estatut catalán), cómo no lo defenderán otros grupúsculos políticos en cada ciudad y pueblo de España.

La frase de Hayek tenía que ver con su teoría sobre la dispersión del conocimiento. Cuantas más personas, más posibilidades de que nuevas ideas beneficien a la comunidad y de que todos (incluso los ociosos) se beneficien del sistema, ya que el ingenio de 1.000 personas logrará más del doble que el ingenio de 500 debido a la repercusión que la creatividad de unos tiene en la de otros. Pero es complicado explicar esto frente a quien siente que "lo suyo" está siendo "usurpado por alguien de fuera". Este razonamiento que abre las puertas a la xenofobia es mucho más popular y virulento en tiempos de crisis y apuros económicos. Uno de los peores riesgos que conlleva la situación económica que vivimos es que crezcan los movimientos xenófobos. Entre los inmigrantes también hay delincuentes, igual que entre los españoles, pero se suele incidir excesivamente en la procedencia del delincuente cuando es extranjero, como si eso le configurara como un peligro social por su origen y no por sus actividades.

La inmigración no es un problema, sino un fenómeno. Un fenómeno social de los más complejos y versátiles, ya que según responda la sociedad sobre la que incide, puede ser un gran éxito o un tremendo fracaso. No pocos de los países más prósperos del mundo lo son porque han sabido integrar los flujos migratorios que recibieron con muchos más éxitos que fracasos. Una vez más, EE. UU. es el ejemplo. En España, los gobiernos Aznar y Zapatero han competido en la promulgación de leyes migratorias desastrosas, torpes, confusas, de vigencia breve y de aplicación defectuosa. No pocas veces, sencillamente no se ha aplicado la ley y se han acabado haciendo regulaciones masivas, alguna de las cuales (la última con el actual gobierno) irritó tanto a la Unión Europea que se prohibió que los regularizados fueran considerados como tales más allá de las fronteras españolas (una medida sin precedentes) e incluso se planteó la posibilidad de expulsar a España del área de aplicación del Tratado de Schengen. Debido a esta incompetencia legislativa se ha fomentado la inmigración ilegal, multiplicando las personas atrapadas en redes de delincuencia dirigidas por traficantes de inmigrantes. Con ello, se imprime en la sociedad receptora una sólida visión de la inmigración como fuente de problemas, visión que es visceralmente aprovechada por los xenófobos. Se saturan los ya colapsados sistemas judicial y penitenciario y se detrae capacidad de producir riqueza en actividades legales. Sin olvidar lo más importante: la condena (que puede ser de por vida) a miles de inmigrantes que sólo soñaban con vivir mejor que en su país de origen.

La frase de Hayek y el versículo de la Biblia están íntimamente relacionados, seamos creyentes o no. Pero la visión malthusiana de la sociedad y la economía cuenta con la ventaja de que es muy verosímil prima facie. Casi todo el mundo piensa que si otro tiene algo que nosotros deseamos, ya no podemos tenerlo. Y eso es así con los objetos físicos, pero la riqueza, la verdadera riqueza, la crea el hombre con su labor e ingenio y si Malthus o los agoreros de la Declaración de Roma tuvieran razón, no se entendería cómo es posible que con un mundo más poblado que nunca haya más gente viviendo con un nivel de prosperidad y bienestar como no ha habido jamás.

Muchos recursos son importantísimos para la generación de prosperidad y riqueza, pero ninguno es tan importante y valioso como el único recurso imprescindible: el ser humano.

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