miércoles, 2 de diciembre de 2009

Misma mentalidad, semillero de crisis.

Leo en el diario 20 Minutos la noticia sobre la intención del Gobierno de los EE. UU. de presionar a los bancos para que reduzcan sus cuotas hipotecarias a quienes no puedan afrontarlas.

A priori, en un mercado libre sería una medida más que criticable. Pero sus defensores dirán que no estamos en un mercado libre en lo que se refiere al sistema bancario, y tienen razón, especialmente desde los billonarios rescates bancarios perpetrados por esa dupla estatista que se ha relevado sin diferencia ni ruptura alguna en la Casa Blanca, me refiero a las administraciones Bush y Obama.

El hecho de la pseudo-estatalización (disculpas por la palabreja) del sistema bancario norteamericano supone menor munición argumental contra la intervención paternalista del Gobierno. Evidentemente, cuando ya está mal lo básico (la estatalización del sistema) poner el énfasis en lo secundario (las continuas admoniciones del Estado) no deja de ser fútil.

De hecho es esperable que se razone que debido a las toneladas de dinero público invertidas en el rescate bancario, el Estado se ha ganado el derecho de dirigir la política de los entes rescatados, y ya que ese dinero sale del ciudadano (el concepto de "dinero público" es una falacia, siempre se trata de dinero privado expropiado), es natural que el ciudadano vea beneficios en su relación con el sistema bancario, por ejemplo, la reducción de su cuota hipotecaria.

Como vemos, el estatismo es una espiral perversa y cada intervención pública justifica las posteriores.

Lo relevante de la noticia, además de lo demagógico de su exposición (algo previsible, al fin y al cabo estamos hablando de políticos) es la aplicación simplista de esa visión de los bancos como culpables de todo. Es la visión populista que supuso la aplicación de la nefasta CRA (Community Reinvestment Act) que obligaba a las entidades financieras a reinvertir sus beneficios en lo que dijera el poder político. Es la mentalidad que hizo que grandes lobbies (algunos como ACORN, esenciales para la elección de Obama) presionaran políticamente para modificar a la baja la política de concesión de préstamos hipotecarios de muchos bancos. Es la mentalidad que ensanchó la CRA de la administración Carter con la administración Clinton, y la de Bush II. Es la mentalidad que ayudó a que los bancos prestaran más interés a llevarse bien con el político que a diseñar productos financieros eficaces, la mentalidad que prima la corruptela sobre la competencia, la trampa agazapada en una hiperregulación indescifrable sobre la claridad normativa, el soborno a las agencias de rating sobre la transparencia en las cuentas empresariales. Es la mentalidad, en definitiva, que causó la avalancha de hipotecas subprime primero y ninja, después.

Es la mentalidad populista donde ni siquiera se plantea la posibilidad de que un sistema bancario competitivo con normas concisas, claras, estrictas e inviolables pueda ser mucho más eficaz que la tutela gubernamental perenne y la intervención estatal masiva. Esta mentalidad es una de las causas de la actual crisis económica.

Pero es una mentalidad que sigue dando votos. Sospecho que es una mentalidad que está aquí para quedarse mucho tiempo.

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