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martes, 15 de diciembre de 2009

La España autonómica y la Hidra de Lerna.

Al principio parecía una buena idea. Debíamos coserle a España una camisa que no fuera de fuerza; sus costuras no debían impedirle crecer, ni siquiera "expresarse". Se suponía que veníamos de 40 años de esa situación y se dio por buena cualquier cosa que fuera exactamente lo contrario. Habilitamos una tela aparentemente elástica, muy capaz de darse de sí, pero curiosamente, luego no volvía a su sitio original. Consideramos que no era un problema.

Es cierto que había algunos aspectos del diseño que tenían poco que ver con los ropajes tradicionales. Santander dejaba de ser la "cabeza de Castilla", León parecía tener más ligazón sentimental con Asturias que con su paramero sur, Albacete se desligaba de Murcia y luego estaba esa extrañeza de la "Comunidad de Madrid". Pero era obvio que eran cuestiones menores porque la prenda parecía "muy a la moda". Cierto, algunos estaban singularmente interesados en adquirirla, unos como mal menor, ya que aspiraban a sus ropas propias, otros la veían más bien como la red de un trapecista. Pero pasado el tiempo, fue adquiriendo la fijeza de una prenda útil, práctica e incluso cómoda, al menos a ojos de la mayoría.

Incluso las extrañezas administrativas (que tenía pese a estar inspirada en el diseño de la división provincial de Javier de Burgos en 1833) adquirieron carta de naturaleza con el tiempo. Siendo irresistible el continuo proceso de socavación de la idea de España, muchos volvieron su patriotismo hacia lo que tenían más cerca. Los colectivistas necesitados de una patria a la que ensalzar, ante la continuada crítica izquierdista de la nación común como si cualquier reivindicación de la misma supusiera afección por la dictadura, volvieron sus querencias hacia sus "patrias chicas" y surgieron como setas sarampiones de localismos, regionalismos y nacionalismos de comarcas, valles, mesetas, páramos y muladares, playas y serranías, costas y secarrales. Todos sentían la necesidad de imitar a los nacionalismos genuinos, esas pesadillas decimonónicas que progresan sólo para mejorar su carácter deletéreo.

Los ropajes engordaban y les salían nuevas mangas, cuellos, infinitos botones, chorreras, levitas y hasta capas, antifaces... y algún pasamontañas que ya estaba de antes. Si no eres Estado, siempre puedes hacer como que lo eres e imitar el aparato estatal. Total, si paga el ciudadano y le tienes convencido de que "es por la dignidad de la nación", acaba sufragando cuantos delirios de grandeza tenga el politicastro de turno.

Con un sistema que premia al político hábil y trapacero, agitador de prejuicios y sentimentalismos ante el gestor efectivo, frío e incluso gris, ¿qué podíamos esperar? Con el elemento venenoso del partidismo tomando una fuerza cada vez más imparable, ¿cómo no se iba a desbocar el diseño original?

Sobre el papel, casi todo funciona. La práctica resulta rara vez exitosa. Nos dotamos de un sistema autonómico para "encajar" a los nacionalismos y mejorar la gestión de los asuntos públicos. Entre la mejora se buscaba una gestión más eficaz del dinero público (lo que normalmente supondría menor gasto al ser más precisas las Administraciones a la hora de gastar). Quien considera que los nacionalismos han sido encajados (es decir, saciados) más que un optimista, es un ingenuo o un mentiroso.

Treinta años después, nuestro sistema autonómico es la Hidra de Lerna y no aparece ningún Heracles que pueda podarlo. Y no sería deseable héroe alguno (devendría inevitablemente en un caudillaje con ínfulas de salvapatrias). Lo necesario sería una toma de conciencia ciudadana sobre la carísima superposición de distintos niveles administrativos del Estado, compitiendo por los recursos (es decir, por el dinero del ciudadano), disipando sus responsabilidades en el magma partidista del reproche mutuo y escondiendo sus fracasos en lo realizado (o no realizado) por otras administraciones gobernadas por los partidos políticos rivales.

Nuestro sistema autonómico es una de las más graves y difícilmente solucionables causas de la actual crisis múltiple que padecemos. Puede que el diseño original tuviera más aciertos que errores. Pero si así es, habrá que volver a ese diseño inicial y sólo podría hacerse con tijeretazos que ningún partido político está dispuesto a dar (Educación con cierto grado de homogeneidad a nivel estatal, persecución del galopante déficit de las Comunidades Autónomas, una financiación que no prime los intereses partidistas del que pueda imponerla al resto, liquidación de aparatos y cuerpos funcionariales, combate ideológico del nacionalismo de cualquier territorio...). Para ello necesitamos políticos distintos a los que tenemos. Para ello necesitamos personas que no sean ignorantes patológicos y que piensen más en el país que en su partido. Si conocéis a alguno, hacédmelo saber, os estaré muy agradecido.

lunes, 30 de noviembre de 2009

¿Islamofobia en Suiza?

Tengo que confesar que no acabo de entender el beneficio que supone para los suizos el resultado del referendum sobre la (no) construcción de minaretes. Vaya por delante mi envidia por el hábito helvetico de consultar a la población (aunque piense que hay muchas cosas más importantes que la consultada en esta ocasión) y el respeto que allí tienen a la expresión popular, incluso cuando es del disgusto del Gobierno, como es este caso (el resultado del referendum ha sido una sorpresa para casi todos los estamentos implicados).

Cabe resaltar que la modificación del artículo 72 de la Constitución Suiza a la que ahora se ve abocada el legislador de aquel país sólo va a restringir la erección de minaretes, no la construcción de mezquitas. Por tanto, ¿qué fondo tiene prohibirlos?

Uno puede pensar en cuestiones estéticas, considerar que el paisaje arquitectónico de la confederación helvética va a ser desgarrado por los afilados alminares. Pero realmente, estos no son nada antiestéticos y cualquier alto edificio moderno tiene un impacto paisajístico mucho mayor.

Podemos pensar también que se trata de un poderoso celo por reducir la contaminación acústica. Por ejemplo, en Alemania, la ley sobre ruidos impide que el almuédano ejerza sus funciones debido a lo molesto que puede resultar para la vecindad (singularmente la no maometana) el llamamiento a la oración nada menos que cinco veces al día. Se puede entender que si la función del minarete es facilitar ese llamamiento, impedido el mismo, el propio minarete carece de función.

Pero no van por ahí los tiros. Se trata de toda una reforma de la Constitución en el capítulo dedicado a la relación entre Estado y una confesión religiosa, con lo que si lo que se quiere evitar son los efectos arquitectónicos o acústicos de los alminares, realmente se estarían cazando mosquitos a cañonazos. Esto va mucho más allá. Se trata de dejarles claro a los musulmanes que una estructura arquitectónica determinada no es bienvenida sólo por ser musulmana. Es obvio que esa restricción no va a pesar sobre ninguna otra religión en Suiza.



El mensaje de "no sois bienvenidos" es de largo alcance. Como siempre, dicho mensaje sí será bienvenido por los musulmane integristas, quienes ya están usando el resultado del referendum para acusar a Occidente de hipócrita al no cumplir con los derechos y libertades de los que presume. La principal consecuencia será la mayor popularidad de las tesis islamistas más radicales, perjudicando a los no musulmanes que viven en países de mayoría musulmana. Esto no ayuda tampoco a sentirse más esperanzados sobre el trato que pueden recibir los tres cooperantes españoles secuestrados en Mauritania (país de donde deriva el nombre de "moros").

Además, los cuatro cantones en los que la prohibición de la edificación de minaretes no ha ganado, serán percibidos como más transigentes con el Islam, fomentando la inmigración interna de musulmanes de unos cantones a otros (algo usado por los promotores de la consulta popular para extender sus tesis por todo el país), loque sí fomentará el riesgo de creación de guetos en vez de disiparse los 400.000 musulmanes residentes en suiza por toda la confederación.
Los musulmanes que cumplen las leyes y no quieren "pasar a los infieles a cuchillo" se sentirán injustamente rechazados y se sentirán menos respaldados para combatir dialécticamente a los integristas.

No entiendo cómo desde posturas liberales se puede uno felicitar por una restricción a la libertad religiosa por parte del Estado. Eso no profundiza la laicidad de una sociedad (otro debate es si el laicismo es el sistema más apropiado en las relaciones entre Estado y confesiones religiosas; para mí, lo es, pero el laicismo que apoyo nada tiene que ver con el predicado en España).

Sinceramente, creo que considerar bueno para la libertad todo lo que arrincone a una religión es un error más propio de los socialistas anticlericales que padecemos en España. El cambiar el objeto del odio de una religión a otra no supone ningún avance.