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domingo, 8 de agosto de 2010

Homofobia, Libertad, normalidad y moralidad (II)

¿Es la homosexualidad una práctica antinatural? ¿Es inmoral? ¿Supone su aceptación una involución? ¿Acaso la tolerancia hacia ella conlleva un socavamiento de la civilización disfrazado de aumento de las libertades invididuales?

Aunque el fragor del debate acaecido a raíz de la autodefinición de Pío Moa como homófobo ya ha quedado apagado (no he podido escribir esta entrada antes) es obvio que las preguntas iniciales laten en el debate generado acerca de la homosexualidad y especialmente, acerca del reconocimiento a los homosexuales de determinados derechos civiles como el "matrimonio gay" y la adopción a cargo de parejas gays.

En la anterior entrada ya expuse por qué considero la autoimputación de Moa como homófobo, no sólo torpe, sino tramposa por suponer una dilogía insostenible y además peligrosa. Él se declara homófobo por estar contra las "maffias rosas", lo cual es tan incoherente como declararse "catalanófobo" por estar contra el nacionalismo catalán. Evidentemente, pocas muestras de aprecio hay tan contundentes hacia Cataluña y los catalanes como pugnar por que se liberen del yugo del nacionalismo. De seguir empeorando el cáncer "supremacista" e intervencionista de muchos lobbys gays (todos ellos de corte estatista), pronto pasará lo mismo: que la mejor muestra de aprecio hacia la comunidad gay será luchar por que se liberen del yugo de esos lobbys.

Pío Moa sostiene su declaración alegando que al fin y al cabo los grupos de opinión dominantes generan unas "palabras policía" y que por tanto, homófobo se usa para todos los que se oponen a los tejemanejes de esos grupos gays como el nacionalismo catalán (la analogía es mía y de otros, no la ha usado Moa) nos tacha de catalanófobos a quienes nos oponemos a sus ideas.

Esto es altamente inconsistente. Nadie duda de que Pío Moa se opone a los nacionalismos excluyentes, su obra historiográfica le avala tanto como sus numerosísimos artículos de opinión. Y sin embargo, no se le ha ocurrido titular una entrada en su blog "Yo soy catalanófobo, naturalmente".

La añagaza dialéctica de Moa para no tener que recular, alegando que "asume que se le denomine según la palabra-policía" cuyo uso se supone que denuncia, supone rendirse en una batalla tan importante como la del lenguaje: si consideras que esos grupos a los que te opones pueden etiquetarte como quieren, entonces realmente no eres beligerante con ellos, sólo te pones de perfil y no te atreves a ir de frente. Moa considera que va más de frente y que es aún más valiente por dejarse etiquetar, por rendirse ya en lo que a la Lengua constriñe, como si les diera ventaja a esos lobbys para así encabezar una lucha más heroica.

En mi opinión, el título de su post inicial sólo quería causar revuelo (objetivo cumplido) y luego tuvo que recurrir a logomaquias de titiritero para no reconocer su torpeza. Yo creo que su testarudez y orgullo se impusieron a su capacidad de análisis. Hasta el mejor escriba echa un borrón.

No obstante, a lo largo del debate desgrana afirmaciones que han sido muy aplaudidas por gran parte de los comentadores de la discusión. A saber:
-"La homosexualidad es una tara (como la miopía o la cojera), pero no se me ocurre juzgar a mis amigos homosexuales a partir de su desgracia" (no cae en la cuenta de que ya lo acaba de hacer).

¿Es una tara o desgracia la condición de homosexual?

Cabe decir que en un entorno que discrimina al homosexual, es obvio que así es, como hace años en un entorno de algún condado sureño bañado por el Mississippi, la condición de negro era una desgracia por el contexto hostil al que se enfrentaban. Pero Moa no se refiere a esto, obviamente, sino que considera al homosexual víctima de un evento que le disminuye como persona o que reduce las posibilidades del normal desempeño de sus funciones (al igual que el cojo o el miope, como él mismo dice).

Sin duda es una afirmación impopular. A nadie le gusta que le tilden de tarado o desgraciado por una cuestión de su identidad. Pero vayamos más allá de lo políticamente correcto (como intenta hacer Moa y suele conseguir, lo cual es loable). ¿Es comparable la tendencia sexual a la imperfección de algún órgano fisiológico o conjunto de ellos? Evidentemente no.

En esto, Moa en particular y el resto de contendientes en general, me vuelven a decepcionar. Porque es obvio que la homosexualidad consta de unos elementos psicológicos muy influyentes. Cosa que muy rara vez tienen la miopía y la cojera y ya no digamos el labio leporino o la escoliosis. Puede ser que Moa reduzca a la persona a un conjunto de reacciones bioquímicas y una pléyade de conjunciones hormonales. Quizá piense que el ser humano es un amasijo de interconexiones electroquímicas y que las psicológicas son sólo la manifestación cerebral de ese mejunje de elementos. Muy pobre sería esa visión del ser humano, pero si don Pío lo cree, allá él. Se entendería entonces a la persona desde una mera visión de determinismo bioquímico, donde la personalidad supone apenas una manifestación del bullicio hormonal que desde dentro de nosotros reacciona al entorno.

Otros pensamos que las personas somos seres BIO-PSICO-SOCIALES y que esos tres ámbitos influyen en porcentajes y maneras muy dispares de unos a otros y no siempre de la misma manera en la misma persona.

Para Moa, el homosexual padece algún tipo de disfunción que le impele a sentirse atraído por los de su mismo sexo. Pero aquí hay que aclarar que la comparación con la cojera o tara similar carece de lógica: el homosexual no tiene imperfección alguna en, por ejemplo, el funcionamiento de sus órganos sexuales (aunque reducir la sexualidad al empleo de los órganos sexuales ya supone un error). Y de tenerla, eso no le conceptúa como homosexual, ya que no hay ninguna tara genital que no pueda ser igualmente tenida por los heterosexuales. En el caso de los varones, se especula con que los castrados a una edad temprana son más afeminados. Obviamente aquí sí hay una cuestión hormonal de por medio, que si ha influido en la pubertad (cuando nuestros cuerpos adquieren los llamados caracteres sexuales secundarios) puede resultar en un cuerpo menos masculino, más andrógino, pero no necesariamente en una tendencia sexual (la cual, en el caso de esclavos castrados, por ejemplo en el Imperio Otomano hace siglos, era determinada más por el entorno, como el caso del lesbianismo en los harenes).

No podemos decir, por tanto, que una disfunción fisiológica concreta suponga una mayor tendencia a la homosexualidad. Se complica pues el seguir insistiendo en la homosexualidad como una tara física (ejemplo usado por Moa). Algunos de sus defensores (y en las palabras del propio Moa parece deducirse) afirman que el hecho de que el homosexual, si es fiel a sus tendencias, no pueda tener descendencia. De nuevo se echa mano de un reduccionismo consistente en que es disfuncional aquel ser humano que no tiene capacidad de reproducirse. Pero es que en el caso de los homosexuales, no existe esa incapacidad biológica (y de haberla, por ser la mujer o el hombre estériles, por ejemplo, eso no tiene nada que ver con su tendencia homosexual) desde un punto de vista fisiológico. Y si Moa considera que sí existe desde un punto de vista psicológico, de nuevo es incoherente, porque aquí ya reconoce la influencia de la psique sobre la genitalidad. Con ese mismo criterio, el que renuncia a sus instintos sexuales por una cuestión moral (por ejemplo, el voto de castidad) puede ser considerado igual de incapaz para tener descendencia. ¿Le considera Moa un tarado a alguien así? No lo parece, pero al no hacerlo, va contra su propia congruencia.

Se le ha respondido a Moa que no puede considerarse una desgracia aquello que no es considerado como tal por quien consta de la cualidad en entredicho: si el homosexual no se siente desgraciado, su homosexualidad no puede considerarse desgracia. Es un argumento con cierto recorrido, pero tampoco demasiado, puesto que objetivamente, un ciego padece una tara, pero sin embargo puede sentirse incluso afortunado (por ejemplo, Borges reconocía que en algunas cuestiones era deudor de su ceguera).

Si analizamos toda la dialéctica de Moa en el asunto, llegamos a la conclusión de que lo que le lleva a considerar desgraciada la condición de homosexual, no es más que la considera antinatural. Y eso nos lleva a otro escalón del debate.



-La homosexualidad es antinatural.

Sinceramente, esta afirmación resulta asombrosamente frecuente en muchas personas que se autodefinen como liberales. Eso sí, no logran explicar cómo es posible que si la homosexualidad es antinatural, la misma se dé en todas las sociedades, épocas y civilizaciones y también en el mundo animal, con mayor facilidad para reconocerla cuanto más próximos estén esos animales al hombre en la escala evolutiva (mamíferos terrestres y superiores y singularmente, primates).

De la innegable presencia de la homosexualidad a lo largo de la historia, que ningún antropólogo se atrevería a negar, cabe deducir que es obviamente natural. Ahora bien, quienes opinan lo contrario se escudan en una concepción estadística y porcentual de lo "natural". Como ha defendido, por ejemplo, Luis H. Arroyo, lo natural es lo mayoritario, es decir, se identifica lo natural con lo más frecuente.

Cualquier biólogo evolucionista podría explicarnos las escasísimas posibilidades de que la Naturaleza transitara los recovecos imprescindibles hasta llegar al "Homo Sapiens Sapiens" (que dicen que tiene la capacidad de pensar aunque nos surjan dudas justificadas al respecto). El propio itinerario de la evolución natural hasta llegar a nosotros, ha sido extraordinariamente improbable e infrecuente. Podría considerarse casi antinatural, y debido a lo complicadísimo de que se hayan dado las circunstancias necesarias para que estemos aquí, es por lo que los creacionistas creen inferir la presencia y necesidad de un Diseñador Inteligente.

Otro argumento para desterrar esa visión que identifica lo natural con lo frecuente consiste en preguntar a quienes la defienden si consideran a los marsupiales como naturales (pese a su infrecuencia en comparación con los mamíferos o los ovíparos). ¿Son naturales los diamentes? Lo normal es que el carbono tienda a aglomerarse más bien en otras formas, como por ejemplo el carbón. ¿Son naturales los agujeros negros? La mayoría de estrellas que colapsan no degeneran en ellos, sólo unas pocas. ¿Son naturales las especies de plantas exóticas mucho menos frecuentes que las plantas que consideramos "comunes"? ¿Son naturales los pigmeos pese a lo infrecuente de sus características físicas? ¿Son naturales las personas de ojos azules, que en muchas partes del planeta son menos frecuentes que los homosexuales?
Si por "antinatural" consideramos al minoritario, estaríamos ante un mundo mucho menos natural de lo que podríamos soportar. Y no sólo eso, todos seríamos radicalmente antinaturales en no pocas facetas. Es bastante más antinatural decretar ventajas y desventajas para los individuos según sus querencias sexuales, creo yo.

La otra cuestión tratada es la moralidad o inmoralidad de la sexualidad.

Desde aquí, tengo que reconocer que me sorprende mucho la opinión de algunos liberales al respecto. Cierto es que las suelen emitir sin tener la precaución de distinguir entre el exhibicionismo de la homosexualidad y la homosexualidad misma. Lo que ya denota que se han dejado ganar la batalla por los lobbys rosas al identificar a los últimos con todos los homosexuales.

La exhibición pública de la homosexualidad, frecuentemente es de mal gusto estético. Pero es que también lo es la exhibición pública de la heterosexualidad. Los desfiles y cabalgatas del día del orgullo gay muestran una comunidad gay hipersexualizada, tan sólo centrada en su actividad sexual y que reducen su libertad a una serie de clichés que no van más allá de una cierta liberación sexual como si ése fuera el único ámbito por el que una comunidad oprimida puede luchar.
Pero también la pandilla de varones heterosexuales que berrean en voz alta lo que le harían a tal o cual mujer suele ser un espectáculo tan lamentable como frecuente, y este lo solemos ver todos los días, singularmente los fines de semana de todo el año, sin necesidad de "Día del orgullo hetero" y en todos los ámbitos y lugares. No menos ridículas suelen ser esas hordas de mujeres que en fin de semana celebran despedidas de soltera llevando como atuendos adminículos de broma que simulan falos. Lo que pasa es que socialmente, la exhibición inelegante de la heterosexualidad está mucho más asumida y consentida -por frecuente- que la de la homosexualidad. Varones y mujeres heterosexuales que también cometen el error de reducir su personalidad a su actividad sexual y procuran presumir de ella todo lo que pueden, hay por doquier. A quien sólo considere de mal gusto ese mismo comportamiento por parte de los gays, sin duda es que no ha sido capaz de ponderar los ataques que al buen gusto de la estética pública perpetran permanentemente heterosexuales que no necesitan organizarse en lobbys, precisamente porque su heterosexualidad es mayoritaria.

Cuestión distinta es la de la moralidad de la sexualidad gay no exhibida públicamente. La mayoría de liberales que están de acuerdo con Moa han dejado bien claro (por ejemplo, Daniel Ballesteros) que no consideran perseguible legalmente esta actividad independientemente de la opinión moral que les merezca. Es obvio que no hay una sola moralidad en las sociedades abiertas como la que pretendemos ser (en las sociedades tiranizadas, la moralidad es decretada por el poder). Desde qué moralidad se opine es evidente que determinará la opinión. En este sentido, no es realmente la Iglesia Católica quien tiene capacidad hoy en día para imponer su opinión (incluso aunque lo deseara) sino el socialismo reinante, y en esto coincido plenamente con las expresiones de profundo desacuerdo que muchos liberales y padres han manifestado al quejarse por la Educación Sexual que se programa desde el Gobierno como ariete contra la autoridad paterna y la religión más extendida en nuestro país.

Ahora bien, considero que se entremezclan dos cuestiones que muchos no han sabido ver: la influencia de los lobbys gays y la decidida intención del Gobierno de ganarse para siempre su voto, con la práctica global de una cultura hedonista. Es muy complicado separar ambas cosas, pero la segunda es un movimiento mucho más amplio que el primero, más fácil de identificar.

El hedonismo reinante supone una tendencia al esfuerzo mínimo con la máxima recompensa (un concepto absolutamente económico, miren ustedes por dónde). También supone un reemplazo de no pocos valores tradicionales. Sencillamente, mucha gente hoy en día no quiere fundar una familia porque eso supone la adquisición de una serie de responsabilidades que limitan su libertad. Eso no es una cuestión española, ni siquiera solamente occidental (aunque mucho más intensa en Occidente, sobre todo gracias a una mayor prosperidad material) sino mundial.

En este sentido, ese hedonismo tiene su versión más intensa y simplista en la hipersexualización de la sociedad. El sexo es, realmente, un recurso barato, al que casi todos podemos acceder y que proporciona una satisfacción bastante inmediata y de considerable intensidad. Económicamente es un comodín: sirve para casi todo. No voy a abundar en la evidencia sobre lo frecuentemente que es usado el sexo para promocionar todo tipo de productos y servicios, incluso muchos que para nada están inicialmente relacionados con la sexualidad.

Este proceso de sexualización es mucho más complejo de lo que en esta entrada podemos analizar, pero tiene numerosas vertientes negativas, pese a que en parte surge de causas muy positivas (liberación de la mujer, movimientos iniciales de liberación del colectivo gay, un mayor conocimiento de la sexualidad humana y su influencia en la formación de la personalidad...). Como todos los procesos complejos y que duran generaciones enteras, podemos ver muchas luces y muchas sombras.

En lo que a la homosexualidad se refiere, coadyuva inicialmente a combatir la discriminación de los homosexuales, pero actualmente se lanza el mensaje de que en el sexo, si no has probado de todo alguna vez, eres poco menos que un conservador, un mojigato de mente cerrada.

Como vemos, una "pasada de frenada" de determinados movimientos loables, puede suponer que acaben limitando la libertad que inicialmente procuraban obtener y que les fuera reconocida. Una paradoja que ha ocurrido en no pocas ocasiones en la historia (por ejemplo, cómo los cristianos pasaron de perseguidos en perseguidores, si bien les llevó muchos siglos).

Este tipo de "pasadas de frenada" las vemos por doquier con movimientos como el feminista, la igualdad racial, la integración de los inmigrantes y ahora, los derechos homosexuales. ¿Solución? Considero que hay que combatir desde el liberalismo, tanto la discriminación negativa como la positiva, pero siendo justos y reconociendo que por lo general, la primera ha sido mucho más intensa y duradera. Considero que lleva una o dos generaciones salir de contextos sociales muy amplios, que nos toca vivir y que nos hacen pensar que lo que conocimos anteriormente va a romperse para siempre, pero luego, pasados unos años, vemos que ese catastrofismo era infundado.

Aunque no me pareció bien llamar a la unión homosexual "matrimonio", no considero que esa institución civil ampliada a los gays sea un peligro para Occidente ni vaya a corroer nuestra civilización (que se enfrenta a problemas más graves, sinceramente). La familia no es perfecta por ser de padres heterosexuales ni el matrimonio funciona mejor si es entre hombre y mujer. Cientos de millones de familias desgraciadas y de matrimonios equivocados a lo largo de la historia, pueden atestiguarlo.

En realidad, el individuo es tan complejo que su capacidad de adaptación a las instituciones suele ser mayor que la capacidad de adaptación que tienen las instituciones a la complejidad de cada individuo.
Habrá miles de matrimonios gays que no perduren, probablemente más que matrimonios de heterosexuales, ¿y? Lo único importante es que esa institución sirva de manera primordial a sus integrantes, considerarla importante según sirva a la sociedad, como si el colectivo fuera más importante que los individuos que conforman la institución, es un argumento profundamente socialista. Un matrimonio exitoso y positivo para quienes lo forman, rara vez será perjudicial para la sociedad.

domingo, 7 de marzo de 2010

"La cinta blanca", cine de muchos quilates

Una de las ventajas de vivir en una ciudad como Madrid (por contraposición a mi recóndita patria chica, León) es tener la posibilidad de ver en la pantalla grande algunas producciones que rara vez o mejor dicho, nunca, se estrenan en los cines de capitales de provincia.
La ventaja es mayor si, como es mi caso, uno tiene la fortuna de vivir al lado de algunos cines que proyectan en versión original, por ejemplo, los cines Verdi de Madrid, uno de los bastiones del cine de calidad y en V.O. de la capital.

Hace unas semanas tuve la oportunidad de ver el filme de Michael Haneke, "La cinta blanca" y por falta de tiempo no he podido comentarla antes. Si la traigo aquí, los lectores ya podéis sospechar que es porque me ha gustado. Eso se queda corto. En realidad me parece una cinta extraordinaria. No me fío en absoluto de los premios del mundo del cine, como tampoco de los literarios, pero eso no quita para que en algunos casos, en ambos ámbitos haya premios muy bien dados. "La cinta blanca" ya tiene a sus espaldas una buena panoplia de reconocimientos en distintos festivales y de manera inminente competirá por el "Óscar" a la mejor película en habla no inglesa.


Haneke ha escogido un pueblo alemán en los meses previos al estallido de la Gran Guerra para envolvernos en una magistral recreación de la vida rural de Centroeuropa. El puzzle de relaciones interpersonales y sociales que se va desgranando proporciona un fresco detallado y preciso de un tipo de vida desterrado del continente hace décadas. El realizador austríaco demuestra haberse empapado de conocimientos sobre la vida cotidiana de la época, no porque nos sitúen en medio de un documental, al contrario, pone ese retrato al servicio de una narración plena de recursos visuales.




La película no es un thriller, pero tiene elementos del género, no es detectivesca, pero reúne algunos detalles de ese campo, ya hemos dicho que no es un documental, pero nos enseña un tipo de vida de un lugar y una época con un rigor y habilidad dignos de un ensayo visual muy documentado. En la inicialmente apacible aldea, somos testigos del equilibrio de poder, el noble como autoridad paternalista que a su vez es empleador del campesinado y motor económico de la zona, y el sacerdote protestante (en una interpretación enormedel actor Burghart Klaußner) como referencia moral y vigía de la comunidad.

Vemos la dura situación de los labradores que quizá años después prestaran oídos a la palabrería marxista de la lucha de clases y se entiende esa opción como única salida desesperada a una situación vital que hoy cuesta imaginar. Contemplamos el profundo peso de la culpa, individual y colectiva, que gravita sobre los personajes, pero también la facilidad con la que se pasa página ante los primeros acontecimientos extraños que indican la presencia de algo terrible en el pueblo. La comunidad se une ante la segunda oleada de actos violentos, pensando tanto en su seguridad individual como en la necesidad de demostrar al "patrón" que no son ellos la amenaza.

La película se ensambla a través de una narración visualmente mayúscula, descarnada en su sencillez y bella por esa misma simplicidad. El uso que Haneke hace del plano fijo me parece inmejorable y la morosidad de muchas escenas y secuencias, perfecta para transmitir esa sensación de inquietante quietud (válgame el oxímoron) del discurrir de unas vidas enclaustradas y limitadas mucho más por las asfixiantes normas de diversa índole que por las limitaciones físicas. Los primeros planos son siempre acertados, escasos y rotundos, algunos brutales. El director expone la violencia con mucha menos cantidad y muchísima más calidad y eficacia de la que nos acostumbra el cine convencional actual.

A la salida del cine, escuché numerosas quejas de los espectadores por el hecho de que la narración no fura concluyente. No podía serlo. La vida real no suele serlo, nunca hay un "hecho final" salvo la muerte individual, pero además, no era una conclusión lo que buscaba el autor, quien por cierto, ya avisa al principio de la película a través del narrador de la cierta inconclusión del relato. Es precisamente esa voz narradora la única que me plantea dudas en la película, puesto que somos testigos de hechos que el narrador no ha podido conocer (sólo queda la opción de un conocimiento posterior al final de la película, lo que no es disparatado pues el narrador nos habla pasados años de los hechos narrados).

Hay, no obstante esa supuesta inconclusión criticada por algunos espectadores, pistas considerables, como cuando una de las víctimas es encontrada junto a un papel con la leyenda "Porque yo soy un Dios celoso, que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación" extracto el libro del Éxodo,20:5, que delata la cultura bíblica del perpetrador... ¿o no?


El propio Haneke ha mencionado su interés por la generación de alemanes que fueron niños con la Gran Guerra y luego adultos con el auge del nazismo.





El inflexible ejercicio de la autoridad moral por parte de los guardianes (celosos, como en el versículo citado) de la comunidad adquiere un profundo significado en una sociedad tan tradicionalmente fiel a las jerarquías como la alemana. Durante la II GM, la pugna continua del partido nazi y las SS primero por disolver las Reichswehr (fuerzas armadas alemanas) y luego por controlar a su sucesora la Wehrmacht se encuadra en ese paroxismo nazi del culto al líder. Muchos se han preguntado cómo es posible que el nazismo fuera factible en el pueblo más culto de Europa. Algunos historiadores han señalado la proverbial obediencia del pueblo alemán a la figura del líder. Hay quienes indican que eso vendría desde antes del Imperio Romano, donde la fidelidad era personal y no tribal. Quizá sea una exageración. No obstante, cuando algunos altos mandos alemanes fueron consciente de que Hitler les llevaba al abismo y se empezó a susurrar la posibilidad de engendrar un complot para matarlo, retumbó aquella frase de Erich von Manstein: "Los mariscales de campo prusianos no se amotinan”.

Es esa visión prusiana e irreductible de la fidelidad personal, del respeto a la jerarquía, de la asfixiante disciplina moral (la más férrea de las disciplinas, pues persigue al individuo en su propia conciencia) la que es magistralmente dibujada pr Haneke al mostrar los efectos de la culpabilidad en algunos personajes y la sumisión con la que la mayoría aceptan el devenir de los acontecimientos. Tal camisa de fuerza para las conciencias, o bien revienta por algún lado o bien es abono para el fanatismo, para que los individuos compitan en demostrar quiénes son los que más se avienen a esa disciplina. La cinta blanca que señala la pureza puede ser la más impenetrable venda que ciegue los ojos. No hay fanático que no se vea a sí mismo como un seguidor de la idea salvadora en estado puro.

Es en este sentido por donde yo he creído ver la reflexión sobre la historia alemana (y por extensión, de muchos otros países). No supone buscar en la religiosidad (protestante o de cualquier otro culto) el germen del desastre, sino en ver cómo las señas de identidad de una sociedad pueden desfigurarse bajo determinados parámetros, haciendo de aquello que se supone que nos protege, un semillero de pesadillas.

En definitiva, una película con sabor a clásico, visualmente impecable e intelectualmente inquietante; cine de muchos quilates.

lunes, 30 de noviembre de 2009

¿Islamofobia en Suiza?

Tengo que confesar que no acabo de entender el beneficio que supone para los suizos el resultado del referendum sobre la (no) construcción de minaretes. Vaya por delante mi envidia por el hábito helvetico de consultar a la población (aunque piense que hay muchas cosas más importantes que la consultada en esta ocasión) y el respeto que allí tienen a la expresión popular, incluso cuando es del disgusto del Gobierno, como es este caso (el resultado del referendum ha sido una sorpresa para casi todos los estamentos implicados).

Cabe resaltar que la modificación del artículo 72 de la Constitución Suiza a la que ahora se ve abocada el legislador de aquel país sólo va a restringir la erección de minaretes, no la construcción de mezquitas. Por tanto, ¿qué fondo tiene prohibirlos?

Uno puede pensar en cuestiones estéticas, considerar que el paisaje arquitectónico de la confederación helvética va a ser desgarrado por los afilados alminares. Pero realmente, estos no son nada antiestéticos y cualquier alto edificio moderno tiene un impacto paisajístico mucho mayor.

Podemos pensar también que se trata de un poderoso celo por reducir la contaminación acústica. Por ejemplo, en Alemania, la ley sobre ruidos impide que el almuédano ejerza sus funciones debido a lo molesto que puede resultar para la vecindad (singularmente la no maometana) el llamamiento a la oración nada menos que cinco veces al día. Se puede entender que si la función del minarete es facilitar ese llamamiento, impedido el mismo, el propio minarete carece de función.

Pero no van por ahí los tiros. Se trata de toda una reforma de la Constitución en el capítulo dedicado a la relación entre Estado y una confesión religiosa, con lo que si lo que se quiere evitar son los efectos arquitectónicos o acústicos de los alminares, realmente se estarían cazando mosquitos a cañonazos. Esto va mucho más allá. Se trata de dejarles claro a los musulmanes que una estructura arquitectónica determinada no es bienvenida sólo por ser musulmana. Es obvio que esa restricción no va a pesar sobre ninguna otra religión en Suiza.



El mensaje de "no sois bienvenidos" es de largo alcance. Como siempre, dicho mensaje sí será bienvenido por los musulmane integristas, quienes ya están usando el resultado del referendum para acusar a Occidente de hipócrita al no cumplir con los derechos y libertades de los que presume. La principal consecuencia será la mayor popularidad de las tesis islamistas más radicales, perjudicando a los no musulmanes que viven en países de mayoría musulmana. Esto no ayuda tampoco a sentirse más esperanzados sobre el trato que pueden recibir los tres cooperantes españoles secuestrados en Mauritania (país de donde deriva el nombre de "moros").

Además, los cuatro cantones en los que la prohibición de la edificación de minaretes no ha ganado, serán percibidos como más transigentes con el Islam, fomentando la inmigración interna de musulmanes de unos cantones a otros (algo usado por los promotores de la consulta popular para extender sus tesis por todo el país), loque sí fomentará el riesgo de creación de guetos en vez de disiparse los 400.000 musulmanes residentes en suiza por toda la confederación.
Los musulmanes que cumplen las leyes y no quieren "pasar a los infieles a cuchillo" se sentirán injustamente rechazados y se sentirán menos respaldados para combatir dialécticamente a los integristas.

No entiendo cómo desde posturas liberales se puede uno felicitar por una restricción a la libertad religiosa por parte del Estado. Eso no profundiza la laicidad de una sociedad (otro debate es si el laicismo es el sistema más apropiado en las relaciones entre Estado y confesiones religiosas; para mí, lo es, pero el laicismo que apoyo nada tiene que ver con el predicado en España).

Sinceramente, creo que considerar bueno para la libertad todo lo que arrincone a una religión es un error más propio de los socialistas anticlericales que padecemos en España. El cambiar el objeto del odio de una religión a otra no supone ningún avance.

sábado, 4 de abril de 2009

3 de abril: fecha de la crucifixión de Cristo.

Ayer, día 3 de abril hizo algo menos de 2000 años que en Jerusalén, fue asesinado en la cruz un hombre que pasaría a la Historia conocido como Jesús de Nazaret.



Quizá pueda sorprender afirmar esto en el día que la Iglesia celebra el Viernes de Dolores, como si hubiera adelantado una semana la fecha que se celebrará en 7 días, el Viernes Santo de este año 2009. Pero no se trata de guiarnos por el calendario lunar que utiliza la Iglesia, sino de intentar retroceder en el tiempo contando los días según nuestro calendario actual, aún sabiendo que esa manera de contar las fechas no se utilizaba durante los hechos comentados.

Independientemente de nuestra creencia o escepticismo acerca de la figura de Jesús de Nazaret (y de su naturaleza humana o divina), existen suficientes datos como para que se dé un debate auténtico sobre la fecha de su crucifixión. Si entendemos los evangelios como portadores de cierta historicidad y echamos mano de algunos historiadores prestigiosos, podemos calcular qué día (de nuestro calendario actual) fue en el que se crucificó a un personaje que acabaría siendo el más relevante de la Historia Occidental.

Los historiadores, biblistas y estudiosos del cristianismo incipiente han buceado en esta pregunta a través de tres calendarios (el judío, el juliano y el gregoriano), de las Sagradas Escrituras, de los siempre incompletos testimonios de la época y de las glosas parciales o interesadas de los historiadores del siglo I y posteriores. Además, es necesario navegar a través del hebreo, del arameo, del griego antiguo y del latín, cuando no de algún otro idioma usado por algún historiador o cronista previo a la Edad Media.

En la modesta medida de mis posibilidades y recopilando los saberes de otros, expondré someramente los motivos que llevan a muchos estudiosos a afirmar la fecha del 3 de abril como la más plausible para haber sido aquella en la que Jesús fue crucificado.

El "baile" de calendarios.

Lo primero de todo es rodear los obstáculos más evidentes:

1) Nuestro actual calendario es el gregoriano, llamado así porque fue establecido por el Papa Gregorio XIII en 1582 en sustitución del impuesto por Julio César en el año 46 a. C. obviamente, ya identificamos el 46 a. C. utilizando el gregoriano, que es lo mismo que vamos a hacer para el resto de fechas que cogemos como referencia. Dichas fechas referenciales no son discutidas hoy en día, por eso es factible apoyarse en ellas sin temor a que generen errores que se vayan arrastrando a lo largo del razonamiento y lo hagan naufragar.

2) En el calendario gregoriano se utiliza como referencia la supuesta fecha del nacimiento de Cristo (incluso para quienes no lo consideren Dios, tienen que considerarle casi omnipresente). Pero no hay acuerdo total sobre la fecha correcta de dicho nacimiento y por los estudios más fiables se considera que pudo acontecer en el año 7 u 8 a. C. Sí, parece un galimatías decir que Cristo nació en el 7 antes de Cristo.

Con respecto al primer obstáculo: el día 4 de octubre de 1582 fue seguido del 15 de octubre de 1582. Esto puede parecer que supone un desfase a la hora de retroceder el calendario gregoriano al siglo I, pero es justo al revés, dicho salto de diez días es el necesario para eliminar el verdadero desfase que durante 11 siglos fue acumulando el calendario juliano. Como vemos, 10 días de desfase en 13 siglos no supone ni un día por cada siglo. Esto significa que en el tiempo de la crucifixión, el desfase acumulado era inferior a un día, puesto que no había pasado ni un siglo desde la imposición del calendario juliano. Concretamente, el calendario juliano introduce un error de un día cada 128 años. Por tanto, entre el 325 del concilio de Nicea y el 1.582 (1.257 años) en el que entra el calendario gregoriano, hubo un desfase de once minutos por año debido al cómputo del año juliano, lo que arroja un desfase total de casi diez días.


El cálculo del desfase hay que realizarlo desde el año del Concilio de Nicea y no desde la entrada en vigor del calendario juliano debido a que ya se hizo un "ajuste" posterior a la crucifixión. Fue en el citado concilio de Nicea en el 325 d. C., donde se estableció como fecha de la Pascua cristiana el domingo siguiente al plenilunio posterior al equinoccio de primavera. De esta manera, se evitaba que la Pascua cristiana coincidiera con la judía, algo muy relevante en los primeros siglos del cristianismo donde la diferenciación con el judaísmo era vital.



Referencias bíblicas y extrabíblicas

Respecto al obstáculo número 2, aquí debemos de escoger entre pensar que los Evangelios son literatura religiosa sin carácter histórico alguno o bien pensar que sí tienen cierto rigor histórico. A día de hoy y sin existir un acuerdo pleno, hay pocas dudas sobre que muchos de los eventos narrados en los Evangelios pueden ser rastreados por los historiadores. Uno nos resulta singularmente útil: la matanza de los inocentes ordenada por Herodes el Grande para asesinar al que los judíos esperaban fuera su Mesías recién nacido (Mateo, capítulo 2).

La fuente principal la proporciona Macrobio, historiador romano del siglo IV d. C. que documenta la matanza de niños ordenada por Herodes el Grande, rey gentil (no judío) impuesto por Roma a los judíos y de quien podemos constatar que murió en el año que hoy denominamos como 4 a. C. Herodes mandó matar a los niños menores de dos años algún par de años antes de su muerte. Este dato, unido a lo que mencionaré después, abre la posibilidad de que si el niño nacido en Belén de Judea y adorado por unos extraños personajes de Oriente (y de quienes los Evangelios en ningún momento dice que fueran "reyes") y el predicador que fue crucificado tiempo después en el monte Calvario, fueron la misma persona, Jesucristo hubiera podido vivir más de 33 años.

Ahora bien, ¿cómo determinar la fecha de la crucifixión?


La Pascua judía, la pista necesaria

En los Evangelios sinópticos (Mateo capítulo 26, 17; Marcos, capítulo 14, 12-21, Lucas, capítulo 13, 18 – 30) se dice que "el primer día de los Ázimos" los apóstoles prepararon el convite que pasaría a la Historia como la "Sagrada Cena". Es un pista extraordinaria. Los judíos celebraban su salida de Egipto durante siete días en su Pascua. Por si el detalle fuera pequeño, en el evangelio de San Mateo se indica que el día de la crucifixión era la "parasceve", es decir, la preparación de la Pascua judía (Pesaj) y anterior a un shabat. De aquí deriva la necesidad de que la crucifixión cayera en viernes y también en parte el hecho de que la festividad de la Semana Santa no tenga una fecha concreta. Obviamente, si se celebrara en una fecha determinada, no siempre coincidiría en los mismos días de la semana. Cabe resaltar además, que como Jesús y sus apóstoles seguían las tradiciones hebreas, los historiadores consideran que con mucha probabilidad, la famosa "Sagrada Cena" habría sido en realidad un "séder pascual", esto es, el banquete pascual judío.

Al nombrar a la "parasceve", los historiadores deducen que el día de la crucifixión no fue un viernes normal, sino el anterior a un "Shabat HaGadol" o "sábado grande" (se conmemoran los prodigios que permitieron la salida de Egipto). En los evangelios nos indica que sería el día 14 del primer mes del calendario judío (Nisán). Pero alrededor de aquellos años, sólo hubo dos "Shabat HaGadol" que coincidieran con esa fecha del mes de Nisán y ambos están bien localizados por los historiadores: el 8 de abril del año 30 y el 4 de abril del 33. Las dos fechas probables de la crucifixión son los dos días anteriores a los mencionados.



La cronología de los emperadores entra en juego


Finalmente, un historiador del siglo V, Juan Malalas, proporciona el dato decisivo en su obra "Cronografía":

Jesucristo, Nuestro Señor, fue crucificado el séptimo día antes de las calendas de abril, en el mes de marzo,[…] en el año dieciocho y en el séptimo mes del reinado del emperador Tiberio.



La mención de marzo no es problemática, pues cuando Malalas escribió, lógicamente desconocía el ajuste que más de mil años después llevaría a cabo Gregorio XIII.
Sabemos como dato irrefutable que Tiberio fue declarado César el 18 de septiembre del 14 d. C., con lo que el sumatorio de esta fecha junto al cómputo que proporciona Malalas ya nos da abril del año 33.

Hay que señalar que Malalas podría estar equivocado. Su condición de cristiano podría ser vista como un argumento en contra de su imparcialidad. Ciertamente, de ser la única referencia en juego, no podríamos otorgarle completa certeza a su testimonio. Pero sin embargo hay diversos argumentos que refrendan su aserto sobre la fecha de la crucifixión:


El emperador Tiberio, bajo

cuyo dominado se ejecutó a Jesucristo


Juan Malalas fue un escritor antíoco del siglo V. En aquella época, ante el progresivo derrumbe del Imperio Romano de Occidente, el "cristianismo oriental" era mucho más activo teológicamente que el occidental. En la mayoría de sínodos y concilios, los obispos, teólogos y pensadores orientales suponían numéricamente una abrumadora mayoría sobre los occidentales. Es un dato relevante para entender hasta qué punto en Antioquía se hilaba mucho más fino en no pocas cuestiones que atañían al orbe cristiano, tanto más en algo tan singular y relevante como la fecha de la muerte del Salvador.
Malalas se propuso realizar una historia del mundo (empezó siendo la historia de su ciudad) y le salieron 18 tomos con el título de "Cronografía". Es una obra hoy en día no conservada íntegramente y criticada por numerosas inexactitudes y por aceptar numerosos hechos rayanos en la leyenda cuando no muy discutidos históricamente. Sin embargo, esta obra gozó de gran prestigio en los siglos sucesivos a su creación y no obstante los fallos que se hayan podido detectar con mucha posterioridad, la obra en sí supone un descomunal esfuerzo por datar numerosísimos sucesos y en no pocas ocasiones la cronología se considera muy precisa. Especialmente en lo referido a determinados temas. Y sobre todo, cuando Malalas usa como referente la Era Antíoca, sus dataciones resultan particularmente verosímiles. Esto es lo que hace que hoy en día la referencia a Jesús de Narzareth se considere cuando menos a tener en cuenta.



La astronomía como recurso para realizar dataciones

Conocemos que para datar objetos, podemos recurrir a la tecnología relacionada con lo más pequeño: los átomos. Así, el método de datación del Carbono-14 ha sido muy útil para no pocos descurimientos de arqueología bíblica. Pero para datar sucesos, es necesario recurrir a lo más grande: los astros.

Y es que por si los elementos presentados fueran poco convincentes, tenemos un dato casi sobrecogedor: el que hace referencia a las tinieblas que según los 4 evangelistas se extendieron tras la muerte de Jesús en la cruz por "toda la tierra". Probablemente se referían a todo Erets Israel, toda la tierra de Israel, aunque no hay que descartar que sencillamente magnificaran la narración con evidentes fines proselitistas.


Las interpretaciones racionalistas y naturalistas de la Biblia (aquellas que intentan encontras explicación a lo narrado sin recurrir a lo sobrenatural) descartan que dicho oscurecimiento aconteciera por causa de una tormenta de arena primaveral, ya que era un acontecimiento usual y que no hubiera causado sorpresa. También cabe descartar de inmediato el eclipse de sol, pues como sabemos, la Pascua judía conlleva la presencia de la luna llena (todos los Jueves Santos hay luna llena) lo que supone que el sol no puede ser eclipsado por la luna. Sin embargo, sí hubo un suceso de índole astronómica que supuso una disminución de la claridad sobre Palestina:



Y es que los astrónomos han datado con precisión inigualable que el 3 de abril del año 33 en Palestina se avistó un eclipse parcial de luna entre las 17:45 horas y las 18:39.






La influencia de la "psicosis mesiánica"

Desde hacía décadas, los judíos vivían en un permanente estado de alerta. Las expectativas sobre la inminente llegada del Cristo se habían disparado desde la dominación romana. Había numerosos motivos para que los estudiosos del Tanaj (el equivalente judío del Antiguo testamento cristiano) fomentaran esta creencia (o al menos no la combatieran) en el pueblo. El cálculo de las setenta semanas de la profecía del Libro de Daniel, conforme a determinadas interpretaciones, reforzaría la creencia de la llegada del Mesías. Asimismo, numerosos miembros de la comunidad judía cuyo prestigio era indudable para sus correligionarios indicaban que "sentían" como muy próxima la llegada del Mesías. Eso no supondría ninguna novedad, ya que es probable que en toda generación hubiera habido personajes prestigiosos que afirmaban lo mismo. A mi humilde entender, este tipo de personajes son claramente identificables en los Evangelios en las figuras de Simeón y Ana (Lucas, capítulo dos, 25 - 46).



También cabe tener en cuenta las tensiones religiosas entre las distintas sectas judías: saduceos, esenios, fariseos, zelotes, etc, pugnaban por elevarse como los más sabios, rigurosos y piadosos de entre los seguidores de la Torá (con excepción de los zelotes que centraban su doctrina en la necesidad de liberación "nacional" judía). Ni que decir tiene que para todos supondría la confirmación de su supremacía religiosa el hecho de que el Mesías apareciera de entre sus maestros y seguidores.



La situación política de unos judíos rodeados por religiones hostiles, infiltrados por el paganismo de diversas corrientes, dominados por Roma y humillados bajo el talón de un rey al que consideraban extranjero, obligados a pagar tributos al César y con numerosos israelíes trabajando para la administración romana, debía ser algo insoportable para quienes añoraban, sin haberlos vivido, los tiempos del rey David y del constructor del templo, Salomón, linaje del cual nacería el Cristo. Ante la desesperada postración de Israel ante sus enemigos, la esperanza en la llegada de un Caudillo—Mesías resultaba el único analgésico para muchos judíos.



Ni que decir tiene que se multiplicaron los autoproclamados Mesías, quienes siempre eran vituperados por las sectas rivales de quienes les apoyaban.

Sabiendo de la obsesión con el advenimiento del Mesías que recorría Palestina de cabo a rabo, no es difícil suponer que muchos le dieran al eclipse del 3 de abril del año 33 un significado sobrenatural. Si un autoproclamado Hijo de Dios había expirado en la cruz momentos antes, un pueblo que tan sólo en su exilio en Babilonia había contado con conocimientos astronómicos considerables, podría entender como señal divina el repentino y (para ellos) imprevisto oscurecimiento del día.





Fallos posibles de la teoría

Los puntos más frágiles de la argumentación expuesta (que no es mía, por supuesto, aunque aquí la haya compilado) son la verosimilitud del dato ofrecido por el autor cristiano Juan Malalas y la insuficiencia del dato astronómico del eclipse parcial de luna para explicar lo narrado en los evangelios.

Sobre Malalas, cabe insistir en que no se usa su testimonio como piedra angular sino como elemento auxiliar para inclinar la balanza (y no de manera definitiva) entre las dos fechas en litigio, a las cuales se llega por datos múltiples, la mayoría de ellos presentes en los evangelios o deducibles mediante cálculos cronológicos comprobables por cualquiera que muestre cierto interés y aplicación.

Respecto al eclipse y su encaje en los evangelios, es cierto que existe una posible contradicción. Hemos mencionado que la hora del eclipse fue entre las las seis menos cuarto y las siete menos veinte (aproximadamente) de la tarde. Pero en los evangelios se dice con claridad que las "tinieblas" se extendieron durante nada menos que tres horas, la sexta y la nona, esto es, el mediodía y las tres de la tarde. Dicha incompatibilidad entre la hora del oscurecimiento y su duración, no ha sido resuelta aún por los investigadores.

Podemos alegar aquí que el estudio racional de un texto con finalidad proselitista, nunca puede resultar plenamente satisfactorio. Al respecto, recordemos que en el evangelio de San Mateo también se dice que "las rocas de rajaron" y que "muchos sepulcros de santos se abrieron y estos se aparecieron en Jerusalén". No hay constancia de ningún terremoto ni tampoco de la aparición masiva de cadáveres redivivos, menos aún incorruptos. La Iglesia, cuando algún suceso bíblico parece difícilmente sostenible, siempre alega que no se puede interpretar la Biblia de manera literal. No creo que el hecho de que el eclipse de luna no explique todo lo referido en los evangelios, deba suponer un elemento de juicio en contra de la fecha del 3 de abril del 33. ¿Qué posibilidades había de que coincidiera un oscurecimiento natural en Palestina en esas fechas? Cualquier otro eclipse de luna queda lejano, y como decimos, se descartan los eclipses solares por la concurrencia de la Pascua judía.


Nuestras creencias son independientes de lo que es el entretenido juego de encontrar una fecha exacta. Sin la especulación y el encaje de bolillos imprescindible para ofrecer una fecha, no se podría rastrear la verdadera existencia de un hombre que a pesar de su importancia posterior no dejó ninguna prueba irrefutable de su existencia. Sea como sea, las posibilidades de que un predicador que obtuvo un relevante nivel de seguimiento en aquellas tierras, fuera crucificado en el Gólgota el día 3 de abril del 33 en el que los habitantes de Jerusalén y las regiones limítrofes contemplaron un eclipse de luna, son altas.



Fuentes:
Joaquín Cabanillas Reguillo, "Ciencia y religión".

Mauro Strabeli, "Biblia: preguntas que el pueblo se hace".
Larry Richards, "Ciencia y Biblia, ¿se contradicen?".
Isaac Asimov, "Guía de la Biblia-Nuevo Testamento".
Victoria Robbins, "Los textos bíblicos".
Juan Malalas, "Cronografía".
Santos Evangelios.