

El "baile" de calendarios.
Lo primero de todo es rodear los obstáculos más evidentes:
1) Nuestro actual calendario es el gregoriano, llamado así porque fue establecido por el Papa Gregorio XIII en 1582 en sustitución del impuesto por Julio César en el año 46 a. C. obviamente, ya identificamos el 46 a. C. utilizando el gregoriano, que es lo mismo que vamos a hacer para el resto de fechas que cogemos como referencia. Dichas fechas referenciales no son discutidas hoy en día, por eso es factible apoyarse en ellas sin temor a que generen errores que se vayan arrastrando a lo largo del razonamiento y lo hagan naufragar.
2) En el calendario gregoriano se utiliza como referencia la supuesta fecha del nacimiento de Cristo (incluso para quienes no lo consideren Dios, tienen que considerarle casi omnipresente). Pero no hay acuerdo total sobre la fecha correcta de dicho nacimiento y por los estudios más fiables se considera que pudo acontecer en el año 7 u 8 a. C. Sí, parece un galimatías decir que Cristo nació en el 7 antes de Cristo.
Con respecto al primer obstáculo: el día 4 de octubre de 1582 fue seguido del 15 de octubre de 1582. Esto puede parecer que supone un desfase a la hora de retroceder el calendario gregoriano al siglo I, pero es justo al revés, dicho salto de diez días es el necesario para eliminar el verdadero desfase que durante 11 siglos fue acumulando el calendario juliano. Como vemos, 10 días de desfase en 13 siglos no supone ni un día por cada siglo. Esto significa que en el tiempo de la crucifixión, el desfase acumulado era inferior a un día, puesto que no había pasado ni un siglo desde la imposición del calendario juliano. Concretamente, el calendario juliano introduce un error de un día cada 128 años. Por tanto, entre el 325 del concilio de Nicea y el 1.582 (1.257 años) en el que entra el calendario gregoriano, hubo un desfase de once minutos por año debido al cómputo del año juliano, lo que arroja un desfase total de casi diez días.
Referencias bíblicas y extrabíblicas
Respecto al obstáculo número 2, aquí debemos de escoger entre pensar que los Evangelios son literatura religiosa sin carácter histórico alguno o bien pensar que sí tienen cierto rigor histórico. A día de hoy y sin existir un acuerdo pleno, hay pocas dudas sobre que muchos de los eventos narrados en los Evangelios pueden ser rastreados por los historiadores. Uno nos resulta singularmente útil: la matanza de los inocentes ordenada por Herodes el Grande para asesinar al que los judíos esperaban fuera su Mesías recién nacido (Mateo, capítulo 2).
La fuente principal la proporciona Macrobio, historiador romano del siglo IV d. C. que documenta la matanza de niños ordenada por Herodes el Grande, rey gentil (no judío) impuesto por Roma a los judíos y de quien podemos constatar que murió en el año que hoy denominamos como 4 a. C. Herodes mandó matar a los niños menores de dos años algún par de años antes de su muerte. Este dato, unido a lo que mencionaré después, abre la posibilidad de que si el niño nacido en Belén de Judea y adorado por unos extraños personajes de Oriente (y de quienes los Evangelios en ningún momento dice que fueran "reyes") y el predicador que fue crucificado tiempo después en el monte Calvario, fueron la misma persona, Jesucristo hubiera podido vivir más de 33 años.
Ahora bien, ¿cómo determinar la fecha de la crucifixión?
La Pascua judía, la pista necesaria
En los Evangelios sinópticos (Mateo capítulo 26, 17; Marcos, capítulo 14, 12-21, Lucas, capítulo 13, 18 – 30) se dice que "el primer día de los Ázimos" los apóstoles prepararon el convite que pasaría a la Historia como la "Sagrada Cena". Es un pista extraordinaria. Los judíos celebraban su salida de Egipto durante siete días en su Pascua. Por si el detalle fuera pequeño, en el evangelio de San Mateo se indica que el día de la crucifixión era la "parasceve", es decir, la preparación de la Pascua judía (Pesaj) y anterior a un shabat. De aquí deriva la necesidad de que la crucifixión cayera en viernes y también en parte el hecho de que la festividad de la Semana Santa no tenga una fecha concreta. Obviamente, si se celebrara en una fecha determinada, no siempre coincidiría en los mismos días de la semana. Cabe resaltar además, que como Jesús y sus apóstoles seguían las tradiciones hebreas, los historiadores consideran que con mucha probabilidad, la famosa "Sagrada Cena" habría sido en realidad un "séder pascual", esto es, el banquete pascual judío.
Al nombrar a la "parasceve", los historiadores deducen que el día de la crucifixión no fue un viernes normal, sino el anterior a un "Shabat HaGadol" o "sábado grande" (se conmemoran los prodigios que permitieron la salida de Egipto). En los evangelios nos indica que sería el día 14 del primer mes del calendario judío (Nisán). Pero alrededor de aquellos años, sólo hubo dos "Shabat HaGadol" que coincidieran con esa fecha del mes de Nisán y ambos están bien localizados por los historiadores: el 8 de abril del año 30 y el 4 de abril del 33. Las dos fechas probables de la crucifixión son los dos días anteriores a los mencionados.
La cronología de los emperadores entra en juego
Finalmente, un historiador del siglo V, Juan Malalas, proporciona el dato decisivo en su obra "Cronografía":
Jesucristo, Nuestro Señor, fue crucificado el séptimo día antes de las calendas de abril, en el mes de marzo,[…] en el año dieciocho y en el séptimo mes del reinado del emperador Tiberio.
La mención de marzo no es problemática, pues cuando Malalas escribió, lógicamente desconocía el ajuste que más de mil años después llevaría a cabo Gregorio XIII.
Sabemos como dato irrefutable que Tiberio fue declarado César el 18 de septiembre del 14 d. C., con lo que el sumatorio de esta fecha junto al cómputo que proporciona Malalas ya nos da abril del año 33.
Hay que señalar que Malalas podría estar equivocado. Su condición de cristiano podría ser vista como un argumento en contra de su imparcialidad. Ciertamente, de ser la única referencia en juego, no podríamos otorgarle completa certeza a su testimonio. Pero sin embargo hay diversos argumentos que refrendan su aserto sobre la fecha de la crucifixión:
El emperador Tiberio, bajo
cuyo dominado se ejecutó a Jesucristo
Juan Malalas fue un escritor antíoco del siglo V. En aquella época, ante el progresivo derrumbe del Imperio Romano de Occidente, el "cristianismo oriental" era mucho más activo teológicamente que el occidental. En la mayoría de sínodos y concilios, los obispos, teólogos y pensadores orientales suponían numéricamente una abrumadora mayoría sobre los occidentales. Es un dato relevante para entender hasta qué punto en Antioquía se hilaba mucho más fino en no pocas cuestiones que atañían al orbe cristiano, tanto más en algo tan singular y relevante como la fecha de la muerte del Salvador.
Malalas se propuso realizar una historia del mundo (empezó siendo la historia de su ciudad) y le salieron 18 tomos con el título de "Cronografía". Es una obra hoy en día no conservada íntegramente y criticada por numerosas inexactitudes y por aceptar numerosos hechos rayanos en la leyenda cuando no muy discutidos históricamente. Sin embargo, esta obra gozó de gran prestigio en los siglos sucesivos a su creación y no obstante los fallos que se hayan podido detectar con mucha posterioridad, la obra en sí supone un descomunal esfuerzo por datar numerosísimos sucesos y en no pocas ocasiones la cronología se considera muy precisa. Especialmente en lo referido a determinados temas. Y sobre todo, cuando Malalas usa como referente la Era Antíoca, sus dataciones resultan particularmente verosímiles. Esto es lo que hace que hoy en día la referencia a Jesús de Narzareth se considere cuando menos a tener en cuenta.
La astronomía como recurso para realizar dataciones
Conocemos que para datar objetos, podemos recurrir a la tecnología relacionada con lo más pequeño: los átomos. Así, el método de datación del Carbono-14 ha sido muy útil para no pocos descurimientos de arqueología bíblica. Pero para datar sucesos, es necesario recurrir a lo más grande: los astros.
Y es que por si los elementos presentados fueran poco convincentes, tenemos un dato casi sobrecogedor: el que hace referencia a las tinieblas que según los 4 evangelistas se extendieron tras la muerte de Jesús en la cruz por "toda la tierra". Probablemente se referían a todo Erets Israel, toda la tierra de Israel, aunque no hay que descartar que sencillamente magnificaran la narración con evidentes fines proselitistas.Las interpretaciones racionalistas y naturalistas de la Biblia (aquellas que intentan encontras explicación a lo narrado sin recurrir a lo sobrenatural) descartan que dicho oscurecimiento aconteciera por causa de una tormenta de arena primaveral, ya que era un acontecimiento usual y que no hubiera causado sorpresa. También cabe descartar de inmediato el eclipse de sol, pues como sabemos, la Pascua judía conlleva la presencia de la luna llena (todos los Jueves Santos hay luna llena) lo que supone que el sol no puede ser eclipsado por la luna. Sin embargo, sí hubo un suceso de índole astronómica que supuso una disminución de la claridad sobre Palestina:
Y es que los astrónomos han datado con precisión inigualable que el 3 de abril del año 33 en Palestina se avistó un eclipse parcial de luna entre las 17:45 horas y las 18:39.
La influencia de la "psicosis mesiánica"
Desde hacía décadas, los judíos vivían en un permanente estado de alerta. Las expectativas sobre la inminente llegada del Cristo se habían disparado desde la dominación romana. Había numerosos motivos para que los estudiosos del Tanaj (el equivalente judío del Antiguo testamento cristiano) fomentaran esta creencia (o al menos no la combatieran) en el pueblo. El cálculo de las setenta semanas de la profecía del Libro de Daniel, conforme a determinadas interpretaciones, reforzaría la creencia de la llegada del Mesías. Asimismo, numerosos miembros de la comunidad judía cuyo prestigio era indudable para sus correligionarios indicaban que "sentían" como muy próxima la llegada del Mesías. Eso no supondría ninguna novedad, ya que es probable que en toda generación hubiera habido personajes prestigiosos que afirmaban lo mismo. A mi humilde entender, este tipo de personajes son claramente identificables en los Evangelios en las figuras de Simeón y Ana (Lucas, capítulo dos, 25 - 46).
También cabe tener en cuenta las tensiones religiosas entre las distintas sectas judías: saduceos, esenios, fariseos, zelotes, etc, pugnaban por elevarse como los más sabios, rigurosos y piadosos de entre los seguidores de la Torá (con excepción de los zelotes que centraban su doctrina en la necesidad de liberación "nacional" judía). Ni que decir tiene que para todos supondría la confirmación de su supremacía religiosa el hecho de que el Mesías apareciera de entre sus maestros y seguidores.
La situación política de unos judíos rodeados por religiones hostiles, infiltrados por el paganismo de diversas corrientes, dominados por Roma y humillados bajo el talón de un rey al que consideraban extranjero, obligados a pagar tributos al César y con numerosos israelíes trabajando para la administración romana, debía ser algo insoportable para quienes añoraban, sin haberlos vivido, los tiempos del rey David y del constructor del templo, Salomón, linaje del cual nacería el Cristo. Ante la desesperada postración de Israel ante sus enemigos, la esperanza en la llegada de un Caudillo—Mesías resultaba el único analgésico para muchos judíos.
Ni que decir tiene que se multiplicaron los autoproclamados Mesías, quienes siempre eran vituperados por las sectas rivales de quienes les apoyaban.
Sabiendo de la obsesión con el advenimiento del Mesías que recorría Palestina de cabo a rabo, no es difícil suponer que muchos le dieran al eclipse del 3 de abril del año 33 un significado sobrenatural. Si un autoproclamado Hijo de Dios había expirado en la cruz momentos antes, un pueblo que tan sólo en su exilio en Babilonia había contado con conocimientos astronómicos considerables, podría entender como señal divina el repentino y (para ellos) imprevisto oscurecimiento del día.
Fallos posibles de la teoría
Los puntos más frágiles de la argumentación expuesta (que no es mía, por supuesto, aunque aquí la haya compilado) son la verosimilitud del dato ofrecido por el autor cristiano Juan Malalas y la insuficiencia del dato astronómico del eclipse parcial de luna para explicar lo narrado en los evangelios.
Sobre Malalas, cabe insistir en que no se usa su testimonio como piedra angular sino como elemento auxiliar para inclinar la balanza (y no de manera definitiva) entre las dos fechas en litigio, a las cuales se llega por datos múltiples, la mayoría de ellos presentes en los evangelios o deducibles mediante cálculos cronológicos comprobables por cualquiera que muestre cierto interés y aplicación.
Respecto al eclipse y su encaje en los evangelios, es cierto que existe una posible contradicción. Hemos mencionado que la hora del eclipse fue entre las las seis menos cuarto y las siete menos veinte (aproximadamente) de la tarde. Pero en los evangelios se dice con claridad que las "tinieblas" se extendieron durante nada menos que tres horas, la sexta y la nona, esto es, el mediodía y las tres de la tarde. Dicha incompatibilidad entre la hora del oscurecimiento y su duración, no ha sido resuelta aún por los investigadores.
Podemos alegar aquí que el estudio racional de un texto con finalidad proselitista, nunca puede resultar plenamente satisfactorio. Al respecto, recordemos que en el evangelio de San Mateo también se dice que "las rocas de rajaron" y que "muchos sepulcros de santos se abrieron y estos se aparecieron en Jerusalén". No hay constancia de ningún terremoto ni tampoco de la aparición masiva de cadáveres redivivos, menos aún incorruptos. La Iglesia, cuando algún suceso bíblico parece difícilmente sostenible, siempre alega que no se puede interpretar la Biblia de manera literal. No creo que el hecho de que el eclipse de luna no explique todo lo referido en los evangelios, deba suponer un elemento de juicio en contra de la fecha del 3 de abril del 33. ¿Qué posibilidades había de que coincidiera un oscurecimiento natural en Palestina en esas fechas? Cualquier otro eclipse de luna queda lejano, y como decimos, se descartan los eclipses solares por la concurrencia de la Pascua judía.
Nuestras creencias son independientes de lo que es el entretenido juego de encontrar una fecha exacta. Sin la especulación y el encaje de bolillos imprescindible para ofrecer una fecha, no se podría rastrear la verdadera existencia de un hombre que a pesar de su importancia posterior no dejó ninguna prueba irrefutable de su existencia. Sea como sea, las posibilidades de que un predicador que obtuvo un relevante nivel de seguimiento en aquellas tierras, fuera crucificado en el Gólgota el día 3 de abril del 33 en el que los habitantes de Jerusalén y las regiones limítrofes contemplaron un eclipse de luna, son altas.
Fuentes:
Joaquín Cabanillas Reguillo, "Ciencia y religión".
Mauro Strabeli, "Biblia: preguntas que el pueblo se hace".
Larry Richards, "Ciencia y Biblia, ¿se contradicen?".
Isaac Asimov, "Guía de la Biblia-Nuevo Testamento".
Victoria Robbins, "Los textos bíblicos".
Juan Malalas, "Cronografía".
Santos Evangelios.