jueves, 26 de febrero de 2009

La política como muestrario de patanes.

La política es quizá la única profesión para la que no es necesaria preparación.



Robert Louis Stevenson.



Una de las principales características de los políticos de las democracias occidentales, es su ignorancia. Hoy en día, ser político supone apuntarse méritos ajenos o coyunturales y evadir las consecuencias de los deméritos propios; consiste en tener contentos a los fanáticos propios pero lograr dar imagen de moderación al resto; implica medrar, aparentar lo que no se es, cambiar de opinión con frecuencia logrando no parecer incoherente sino hábil y buscador de consensos y conseguir que los rivales parezcan los extremistas cuando son coherentes y no modifican sus opiniones.



Los políticos toman una ingente cantidad de decisiones sobre cuestiones de las que no sólo no son especialistas, sino que son completos ignorantes. No me refiero sólo a cuestiones muy técnicas como obras públicas, inversiones en nuevas tecnologías e investigación o cuestiones sanitarias. Vemos políticos que son incapaces de reconocer su ignorancia y que fruto de que creen que su exposición pública les obliga a aparentar que tienen soluciones para todo, dan consejos sobre geopolítica con respecto a países que no saben situar en un mapa o la relación estatal con religiones de las que no conocen nada.



Cuanto mayor sea el grado de conocimiento público del político, más se siente impelido a aparentar que conoce de todo, que tiene ideas sobre todo, que no hay ni un solo problema para el que no tenga un abigarrado catálogo de soluciones. Tan sólo unos pocos políticos locales asumen sus limitaciones.



Esta necesidad de aparentar saber es especialmente acuciante en materia económica. No en la actualidad y debido a la crisis (que también) sino en todo momento. El motivo obvio es que de la Economía participamos todos. Continuamente tomamos decisiones económicas, escogemos unas opciones sobre otras en base a la expectativa de los resultados que esperamos y el coste que podemos asumir, siempre previa valoración (subjetiva, claro) de los datos y la información dispersa. De las decisiones económicas tomadas puede variar mucho nuestra situación, por lo que todos creemos saber algo de Economía. Y realmente, todos sabemos algo. Incluso los marxistas, aunque parezcan hacer lo posible por olvidar lo que saben.



Si un político es de izquierdas, en su afán por aparentar saber algo de Economía más pronto o más tarde desembocará en el marxismo.



Como tantos otros clásicos, Marx es mucho más citado que conocido. Su obra atrae a muchos, pero en ella se sumergen muy pocos. No deja de ser una actitud muy común. Pero es especialmente censurable en alguien que presuma de marxista.



Esto es lo que le ha pasado al coordinador general de Izquierda Unida. No sólo renuncia a su capacidad de inventiva, siendo incapaz de alumbrar algún pensamiento propio sobre la crisis, sino que se limita a coger una supuesta frase de Marx en "El capital" como el rabino que recita un versículo del Tanaj alegando la infalibilidad de la Palabra de Yavéh. Pero es que ni por esas.



Cayo Lara ha demostrado en pocos meses la altura y el rigor intelectual que podemos esperar de él. La frase que escogió como supuesta cita marxiana chirriaba a cualquiera que se haya asomado mínimamente a los textos del filósofo alemán. No contento con haber metido la pata, después de quedarse "con el culo al aire" va y suelta que si Marx no dijo aquello, seguro que lo pensó.



Toma ya.



La comparación que he hecho con el rabino no es casual. Realmente, a día de hoy (y ya desde hace mucho tiempo), el marxismo funciona como una religión. Este es un tema muy interesante sobre el que me gustaría volver en más ocasiones, pues da para mucho. Baste decir por hoy que la palabra del "profeta" se considera infalible por sus creyentes pese a haberse demostrado claramente sus yerros y torpezas (cuando no sus mentiras).



Cayo Lara no está intelectualmente por debajo de ningún político de nuestra época, o mejor dicho, casi ningún político de nuestra época está por encima suyo (y mira que no sería difícil), pero el comunista (o lo que sea, visto lo visto) ha sido un poco menos prudente. Se ha dejado llevar por sus ansias por invocar al profeta, en un intento de ser considerado su exégeta español y así unir a las distintas herejías marxistas bajo la agujereada túnica de sacerdote de Izquierda Unida. Para colmo, tras el error ha dejado pasar la excelente oportunidad de mostrarse modesto y se ha metido a mentalista retrospectivo, a lector de mentes de un cadáver (literal e ideológicamente).



Ya que Cayo Lara afirma tener el don de saber lo que le pasaba a Karl Marx por las mientes, ¿podría decirnos qué pensaría el autor del "Manifiesto comunista" de un líder comunista que desconoce su obra? Probablemente lo mismo que pensaría un profeta de un sacerdote de su secta que cita mal las palabras sagradas.



Y el bueno de Marx, en esto sí que acertaría.

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