martes, 23 de febrero de 2010

La crisis, el maniqueísmo y la especulación (II)

Como ya vimos, el Gobierno español supone el principal problema para la colocación de la deuda pública de nuestro país porque ni siquiera sabe hacer lo más fácil: ser coherente con sus propias declaraciones (¿cómo pedirles coherencia entre lo que dicen y lo que hacen?). Eso genera graves problemas de financiación del descomunal déficit público con el que supuestamente van a sacarnos de la crisis (según su religión keynesiana y ese milagro del efecto multiplicador).

Ante las dificultades, el electoralismo y cortoplacismo del PSOE busca una salida, no para España, sino para escurrir el bulto. Incapaces "genéticamente" de asumir responsabilidades cuando vienen mal dadas, la receta socialista es la de siempre: echarles la culpa a "los otros".

Antes de nada, cabe decir que la división del mundo en buenos y malos no es exclusiva del socialismo si bien esta doctrina la ha elevado a axioma gracias a las bases pretendidamente cientítificas del marxismo. Dividir la realidad en blanco y negro es una tendencia innata del ser humano, rastreable desde el surgimiento de las primeras culturas humanas. Se intenta simplificar una realidad compleja para hacerla más comprensible. Así se llega a la visión de que en grupos humanos con intereses distintos, estos son necesariamente incompatibles. La "mano invisible" que nos enseñó Adam Smith demostraba que esto no era así necesariamente.

Si la visión maniquea de la realidad (típica de la mayoría de las religiones) pudo ser beneficiosa en estadios culturales primigenios, es muy destructiva en la sociedad actual, compleja y con un milenario acervo cultural donde concurren multitud de factores muchos de ellos con siglos y siglos a sus espaldas. Esta complejidad es un poderoso argumento en contra de las revoluciones y a favor de la lenta evolución por decantación de las instituciones, leyes, usos y costumbres (conservadurismo) y un sólido impedimento contra la pretensión socialista de centralizar las decisiones sociales y económicas en un órgano omnipotente.

Por eso el socialismo se agarra a la visión maniquea de la sociedad: porque simplifica una realidad que no comprenden pero aspiran a controlar exhaustivamente y porque tras reducir el mundo a "buenos y malos" todos decimos que estamos en el grupo de "los buenos".



En esta trampa mental infantil hemos caído todos, también los liberales que con frecuencia denostamos por sistema a los socialistas. No basta con el denuesto igual de intenso y en sentido contrario al que ellos nos dedican, hay que ir a su territorio, ganarles en su propia dialéctica (pese a los peligros que entraña jugar con las reglas preestablecidas por ellos) y demostrar lo falaces de sus argumentos, lo irreales de sus premisas.



Ese maniqueísmo también les da la posibilidad de etiquetar a aquellos que no se comportan como ellos desean con el remoquete de "conspiradores". Los conspiradores son los partidos que se les oponen (aunque sea en la lucha por el poder, porque el PP realmente no se opone ideológicamente al socialismo sino que participa de él), los medios no afines y -ahora- los inversores en deuda pública.

A estos les han colgado la etiqueta de "especuladores". Por alguna razón que los no socialistas desconocemos, hay gente interesada en que a España le vaya mal aunque no tienen nada que ver con nuestro país. Son antiespañoles (pero sólo cuando gobierna el PSOE y no invierten como el PSOE quiere) pero parece que también son anti-griegos, anti-portugueses, anti-irlandeses, anti-italianos y anti-europeos. Lo último parece señalar, según la lógica progre (perdón por el oxímoron) que son parte de la derecha americana (ya saben, la de Bush y Aznar) y puede que haya algún poderoso lobby judío detrás. Esta gente quiere que España quiebre, que nos echen del euro, y por eso no compran nuestra deuda. Normal que en vez de emplear los servicios de inteligencia para desarticular de una vez a una banda de asesinos nacionalistas, se usen para cimentar la patraña de la conspiración financiera antiespañola (¿judeomasónica? Ah, no, masónica no, claro).

Zapatero dice además que es curioso que "los mercados que acudimos a salvar ahora nos pongan problemas", lo que demuestra lo poco que sabe del mercado y la visión mafiosa que tiene de los favores (o lo que él considera favores) y el empleo del dinero de los ciudadanos.

Sencillamente no le cabe en la cabeza más interés legítimo que el propio, no entiende que un inversor requiera una seguridad para sus inversiones y más en tiempos revueltos. El comportamiento que cualquiera de nosotros llevaría a cabo, para Zapatero es delictivo y antiespañol. Según él, lo patriota (si somos españoles) o lo decente (si somos extranjeros) es exponer nuestro dinero en deuda pública española cuando tenemos otras opciones más seguras y rentables a nuestro alcance.

Pero es que aún queda lo mejor: los especuladores, quiénes, por qué, de qué manera y con qué consecuencias.

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