miércoles, 11 de agosto de 2010

A vueltas con los derechos de los homosexuales -Debate con Luis H. Arroyo

¿Tienen los homosexuales valores distintos a los heterosexuales? ¿Supone la adquisición de derechos civiles por ese colectivo una subversión de los valores que han hecho progresar la sociedad?

Estas dos preguntas permanecen latentes en el intercambio de pareceres -para mí siempre interesante y didáctico- surgido con Luis H. Arroyo, el del Cuaderno de Arena, quien hace honor a aquella frase de Hayek que decía que "para que un economista sea un buen economista, no debe de saber sólo de Economía".

Como siempre, en un intercambio de opiniones se van marginando las concordancias para hincarle el diente a las discrepancias, actitud mucho más honesta y fructífera que la de los sandios que se refocilan en sus coincidencias haciéndose la mutua pelota. Estoy en amplio desacuerdo con algunas de las afirmaciones de Luis y sobre todo con lo que puede derivarse de dos o tres puntos de vista que mantiene, pero intentaré ir paso a paso sin dejar de lado ningún aspecto del debate.
EXHIBICIONISMO HOMOSEXUAL

En mi última entrada ya dejé claro que el exhibicionismo no es sólo homosexual pero que éste está mucho menos tolerado por razones obvias:

1) Porque resulta menos sugerente a la mayoría de la población, que es heterosexual.

2) Porque tradicionalmente ha sido mucho más frecuente el exhibicionismo heterosexual (y lo sigue siendo, no hay más que ver la publicidad, el cine, las series de tv...) con lo que hay un poso social o una especie de "callo" cultural que ve esa exhibición permanente de la heterosexualidad como algo endémico del paisaje social.

3) Porque el exhibicionismo homosexual es mucho más agresivo, debido precisamente a la situación de ocultación y discriminación de la que provienen los gays. Es como si de repente tuvieran que "recuperar el tiempo perdido" y vengarse de quienes les han discriminado o les ven con prejuicios como si dijeran "sé que no te gusto, pues me vas a tener que aguantar por narices". Pero esto es sólo predicable de una minoría del colectivo homosexual, que lamentablemente proyecta su imagen sobre la mayoría.

Dice recientemente Luis que ha "descubierto" gracias al comentario de Violante Cabral que no le molestan las tendencias sexuales privadas sino el exhibicionismo público. A mí me parecía evidente que ése era su caso (como el de muchos entre los que me cuento con mayor o menor intensidad), por eso he usado las comillas en lo de descubrir. Pero es obvio que a Luis, como a casi todos (también a mí) le pasa mucho más inadvertido el exhibicionismo heterosexual constante y omnipresente y/o le/nos molesta menos.

Por otra parte, aún no le he leído a Luis ni una sola frase reconociendo lo que a mí me parece evidente: los que van en las cabalgatas del Orgullo Gay, ni son todos homosexuales ni todos los homosexuales van en la cabalgata. Hace falta decir hasta la extenuación que la mayoría de homosexuales no van pregonando su condición, no porque se avergüencen de ella sino porque la consideran un tema personal y ven cada vez con más recelo y hastío la deriva carnavalesca y totalitaria de parte del colectivo gay (el más cercano al poder, por cierto). Creo que es imprescindible comentar esto cuantas veces haga falta, precisamente para que ese germen totalitario que con acierto denuncia Luis en los lobbys gays, cuente con una victoria que no les podemos permitir: que consideremos que ellos son todos los homosexuales, que los representan a todos, que no hay homosexuales que no piensen en todo como ellos lo hacen. Solemos hacer esta salvedad elemental con los nacionalistas y los habitantes de las regiones que aspiran a tiranizar, ¿por qué no hacerla con un colectivo mucho más fragmentado pues no puede ser deducido de un ámbito geográfico específico?

Por otra parte, contra el vicio de la exhibición está la virtud de la indiferencia o el "no mirar". Yo he acudido varios años a ver la monótona y politizada (por los progres) cabalgata del Orgullo Gay, con una mezcla de curiosidad y perplejidad. Cuando me aburrí de ver famosillos (todos de la secta de la "Zeja") y cuerpos semidesnudos contoneándose al son de la música maquinera (y es fácil aburrirse pronto porque es todo el rato lo mismo) me salí del jaleo con mis amigos y nos fuimos de bares, ya fuera a Chueca o a aledaños. Prefiero que ese tipo de contoneos se den en situaciones mucho más íntimas y con música más de mi gusto.

Entiendo que los lobbys han logrado un nivel de presencia que resulta cansino, pero nunca como hoy hemos tenido tantas posibilidades de ocio que nos permiten desconectar de los sectores de la realidad social que nos resultan fatigosos. Pero el Día del Orgullo Gay ya hace mucho que derivó en una nueva excusa más que esta sociedad se da para salir de la rutina por unas horas y si es multitudinario no es por la reunión de homosexuales sino por los muchísimos heterosexuales que acuden/acudimos, aunque sea ocasionalmente, en compañía de amistades o parejas, a un lugar donde sabes que hay más juerga de lo normal. Como ya mencioné, tiene mucho más que ver con el hedonismo que con el movimiento gay, el primero es una corriente aún más amplia que el segundo.

LIBERTAD Y EMIGRACIÓN

Además, Luis me hizo un interesante comentario del que me gustaría opinar. En mi anterior entrada y las réplicas a las respuestas, mencioné que hoy en día, pese a la no discriminación oficial, persiste en no pocos ámbitos un claro prejuicio homófobo (esperemos que don Pío Moa no nos regañe por emplear la palabra dichosa, aunque dudo que se pase por este blog, lástima... para él, claro). Eso provoca una migración de personas hacia núcleos de población más grandes buscando una comodidad y libertad que acaba derivando en el establecimiento de barrios como Chueca o el "Gayxample". Luis comentó esto:
[...]y por fin, sobre la emigración del pueblo, no es la primera vez que se busca la libertad en la ciudad, cuna de ella. En un pueblo no pretendas que adopten las costumbres cosmopolitas, ni esta ni ninguna. El destino de todo el que destaca, en lo que sea, bueno o malo, es largarse. Y lo del Ghetto ¡lo fomentan ellos mismos! paradas, carnavales, barrios tomados (no por que los hayan recluido ahí...) pero por favor, es que Chueca es un ghetto! No me compares esto con los ghettos judíos, Carlos, por favor.

En ningún momento he querido comparar a Chueca con el gueto de Varsovia u otro de aquel ominoso tipo, por supuesto. Lamento si algo similar se ha derivado de mi uso de la palabra "gueto" (le doy mucha importancia a esta aclaración, que consideraba innecesaria, por mi personal aprecio al pueblo judío), pero creo que Luis exagera un tanto. Él mismo reconoce algo en lo que concordamos: la mayor libertad inherente a las ciudades grandes, con lo que reconoce asimismo que SÍ existen lugares donde la homosexualidad aún supone dificultades en el desarrollo vital de quien la siente.

Sobre que el gueto sea fomentado por sus propios integrantes, creo que se debe matizar que es más fácil establecerse en un lugar donde hay más gente como tú, como les pasa a los iberoamericanos, a los magrebíes, a los rumanos... Tiene una vertiente positiva, que es que puede acelerar el proceso de integración sin demasiados traumas, y otra negativa, que es que un exceso de aislamiento de ese grupo social acaba logrando justo el efecto contrario, una falta de integración que finalmente puede devenir en una serie de conflictos mucho peores. El ejemplo son numerosos suburbios periféricos franceses. En el caso de los homosexuales, no tiene nada que ver, no hay una barrera idiomática ni cultural, por lo general, tampoco económica (de hecho, Chueca ha pasado a ser un barrio "bien" tras ser tomado como "sede urbana" del colectivo gay cuando antes era un barrio bastante complicado y con altas tasas de delincuencia). Por cierto, un dato para la reflexión y que a los Zerolos de turno les irrita bastante y procuran ocultarlo: en el barrio de Chueca, las elecciones las gana el PP, y no por poco.

Y de nuevo, la frase de Luis "El gueto lo fomentan ellos mismos" supone una generalización muy del gusto de los lobbys rosas. También hay homosexuales que no quieren vivir en ese tipo de barrios precisamente porque no quieren que su residencia sea una especie de "marcador social" de su condición sexual.


LOS "VALORES HOMOSEXUALES"
Pero la cuestión que considero más relevante del comentario de Luis, se da en las siguientes líneas:



Un padre/madre homo hará lo posible para estar orgulloso de su hijo/a, y le inculcará los valores homosexuales inevitablemente. No me imagino a un padre hetero fomentar la homosexualidad (aunque la acepte resignadamente si su hijo lo es). Vamos a ver: estás confundiendo los términos. Y no niego el derecho a ejercer la inclinación que la naturaleza le ha dado, pero de ahí a pensar que la adopción es guai, va un abismo.
¿Los valores homosexuales? ¿Cuáles son? ¿Supone esto que existen unos "valores heterosexuales" contrapuestos? Pues yo, como heterosexual, reconozco mi ignorancia respecto a estos últimos. ¿Los valores de la persona se determinan por su condición sexual?

Leyendo estas líneas de Luis, pareciera obvio que unos padres homosexuales desearán que su hijo herede su inclinación sexual. No dudo de que los habrá, pero salvo que veamos a la homosexualidad como negativa, esto no debería ser preocupante. Yo creo que es más sencillo que unos padres homosexuales, que quizá hayan sufrido por su orientación, sean más respetuosos con la orientación sexual de su hijo de lo que la sociedad fue con la orientación sexual de ellos. Es común que todo padre desee para sus vástagos un mundo mejor que el que ellos han tenido a su alrededor. Esto no siempre se cumple, obviamente, pero es una tendencia probada. Como también lo es que de padres heterosexuales nacen y se crían hijos homosexuales. O hijos deshonestos de padres honestos, o viceversa (esto es más difícil, porque siempre es más fácil de contagiar lo malo, pero salvo que consideráramos ya claramente negativa a la homosexualidad, no debería preocuparnos).

Además, Luis no se imagina a un padre hetero fomentando la homosexualidad, con lo cual, da a entender que no se imagina a un padre gay fomentando en su hijo la heterosexualidad. Lo que veo, es que tampoco se imagina a un padre que no fomente e inculque una sexualidad determinada en sus hijos sino que intente fomentar la libertad de elección, ya sea "racional" o siguiendo los irracionales instintos del hijo o hija.

Yo no soy padre y Luis sí lo es, por lo que debo ser extremadamente cuidadoso puesto que no quisiera que crea que cometo la osadía de opinar sobre su desempeño como padre, cosa que no me atrevería y además no tengo motivo alguno para dudar de su buen hacer, antes al contrario. Pero lo que sí quiero decir, es que no creo que todos los padres heterosexuales "acepten resignados la homosexualidad de su hijo si se da", y en esto sí puedo hablar desde la experiencia porque conozco casos en los que los padres han apoyado a sus hijos cuando estos han "salido del armario", no con alborozo por su homosexualidad ni con resignación, sino contentos por la más o menos libre elección de su hijo.








Yo no considero que por ser heterosexual tenga que tener unos valores determinados distintos a los que tendría de ser homosexual
. Mis valores se incardinan en el liberalismo clásico y con toques, a veces muy intensos (que me gustaría que fueran eclécticos), de autores mucho más modernos e incluso actuales. Si un "valor heterosexual" es considerar la homosexualidad una desgracia, no perseguible y respetable, pero una desgracia al fin y al cabo, declino ser partícipe de ese "valor heterosexual". Niego rotundamente que mi condición sexual suponga que mi ideología sea determinada por mi conjunto de reacciones hormonales. Entre otras cosas porque eso supondría que mi ideología sería mudable con un determinado tratamiento farmacológico, por ejemplo, la hormonación necesaria para poder adquirir caracteres físicos femeninos (hormonación que llevan a cabo los transexuales nacidos hombres que se sienten mujeres). Esa opción de cambiar ideas mediante fármacos, me parece más típica de alguna novela de pesadilla futurista de Aldoux Husley y toda mi RAZÓN se rebela contra ella.

Esto hace que Luis me considere "racionalista" algo que no considero peyorativo (cosa distinta es ser "hiperracionalista" que supongo que es lo que él quería decir). Después hace interesantes comentarios sobre la base irracional de la sociedad, Hayek y von Mises. Cuestiones sobre las que me gustaría volver en un próximo post, por interesantes y porque éste ya me ha quedado demasiado largo, por lo que pido disculpas.

Saludos.

domingo, 8 de agosto de 2010

Homofobia, Libertad, normalidad y moralidad (II)

¿Es la homosexualidad una práctica antinatural? ¿Es inmoral? ¿Supone su aceptación una involución? ¿Acaso la tolerancia hacia ella conlleva un socavamiento de la civilización disfrazado de aumento de las libertades invididuales?

Aunque el fragor del debate acaecido a raíz de la autodefinición de Pío Moa como homófobo ya ha quedado apagado (no he podido escribir esta entrada antes) es obvio que las preguntas iniciales laten en el debate generado acerca de la homosexualidad y especialmente, acerca del reconocimiento a los homosexuales de determinados derechos civiles como el "matrimonio gay" y la adopción a cargo de parejas gays.

En la anterior entrada ya expuse por qué considero la autoimputación de Moa como homófobo, no sólo torpe, sino tramposa por suponer una dilogía insostenible y además peligrosa. Él se declara homófobo por estar contra las "maffias rosas", lo cual es tan incoherente como declararse "catalanófobo" por estar contra el nacionalismo catalán. Evidentemente, pocas muestras de aprecio hay tan contundentes hacia Cataluña y los catalanes como pugnar por que se liberen del yugo del nacionalismo. De seguir empeorando el cáncer "supremacista" e intervencionista de muchos lobbys gays (todos ellos de corte estatista), pronto pasará lo mismo: que la mejor muestra de aprecio hacia la comunidad gay será luchar por que se liberen del yugo de esos lobbys.

Pío Moa sostiene su declaración alegando que al fin y al cabo los grupos de opinión dominantes generan unas "palabras policía" y que por tanto, homófobo se usa para todos los que se oponen a los tejemanejes de esos grupos gays como el nacionalismo catalán (la analogía es mía y de otros, no la ha usado Moa) nos tacha de catalanófobos a quienes nos oponemos a sus ideas.

Esto es altamente inconsistente. Nadie duda de que Pío Moa se opone a los nacionalismos excluyentes, su obra historiográfica le avala tanto como sus numerosísimos artículos de opinión. Y sin embargo, no se le ha ocurrido titular una entrada en su blog "Yo soy catalanófobo, naturalmente".

La añagaza dialéctica de Moa para no tener que recular, alegando que "asume que se le denomine según la palabra-policía" cuyo uso se supone que denuncia, supone rendirse en una batalla tan importante como la del lenguaje: si consideras que esos grupos a los que te opones pueden etiquetarte como quieren, entonces realmente no eres beligerante con ellos, sólo te pones de perfil y no te atreves a ir de frente. Moa considera que va más de frente y que es aún más valiente por dejarse etiquetar, por rendirse ya en lo que a la Lengua constriñe, como si les diera ventaja a esos lobbys para así encabezar una lucha más heroica.

En mi opinión, el título de su post inicial sólo quería causar revuelo (objetivo cumplido) y luego tuvo que recurrir a logomaquias de titiritero para no reconocer su torpeza. Yo creo que su testarudez y orgullo se impusieron a su capacidad de análisis. Hasta el mejor escriba echa un borrón.

No obstante, a lo largo del debate desgrana afirmaciones que han sido muy aplaudidas por gran parte de los comentadores de la discusión. A saber:
-"La homosexualidad es una tara (como la miopía o la cojera), pero no se me ocurre juzgar a mis amigos homosexuales a partir de su desgracia" (no cae en la cuenta de que ya lo acaba de hacer).

¿Es una tara o desgracia la condición de homosexual?

Cabe decir que en un entorno que discrimina al homosexual, es obvio que así es, como hace años en un entorno de algún condado sureño bañado por el Mississippi, la condición de negro era una desgracia por el contexto hostil al que se enfrentaban. Pero Moa no se refiere a esto, obviamente, sino que considera al homosexual víctima de un evento que le disminuye como persona o que reduce las posibilidades del normal desempeño de sus funciones (al igual que el cojo o el miope, como él mismo dice).

Sin duda es una afirmación impopular. A nadie le gusta que le tilden de tarado o desgraciado por una cuestión de su identidad. Pero vayamos más allá de lo políticamente correcto (como intenta hacer Moa y suele conseguir, lo cual es loable). ¿Es comparable la tendencia sexual a la imperfección de algún órgano fisiológico o conjunto de ellos? Evidentemente no.

En esto, Moa en particular y el resto de contendientes en general, me vuelven a decepcionar. Porque es obvio que la homosexualidad consta de unos elementos psicológicos muy influyentes. Cosa que muy rara vez tienen la miopía y la cojera y ya no digamos el labio leporino o la escoliosis. Puede ser que Moa reduzca a la persona a un conjunto de reacciones bioquímicas y una pléyade de conjunciones hormonales. Quizá piense que el ser humano es un amasijo de interconexiones electroquímicas y que las psicológicas son sólo la manifestación cerebral de ese mejunje de elementos. Muy pobre sería esa visión del ser humano, pero si don Pío lo cree, allá él. Se entendería entonces a la persona desde una mera visión de determinismo bioquímico, donde la personalidad supone apenas una manifestación del bullicio hormonal que desde dentro de nosotros reacciona al entorno.

Otros pensamos que las personas somos seres BIO-PSICO-SOCIALES y que esos tres ámbitos influyen en porcentajes y maneras muy dispares de unos a otros y no siempre de la misma manera en la misma persona.

Para Moa, el homosexual padece algún tipo de disfunción que le impele a sentirse atraído por los de su mismo sexo. Pero aquí hay que aclarar que la comparación con la cojera o tara similar carece de lógica: el homosexual no tiene imperfección alguna en, por ejemplo, el funcionamiento de sus órganos sexuales (aunque reducir la sexualidad al empleo de los órganos sexuales ya supone un error). Y de tenerla, eso no le conceptúa como homosexual, ya que no hay ninguna tara genital que no pueda ser igualmente tenida por los heterosexuales. En el caso de los varones, se especula con que los castrados a una edad temprana son más afeminados. Obviamente aquí sí hay una cuestión hormonal de por medio, que si ha influido en la pubertad (cuando nuestros cuerpos adquieren los llamados caracteres sexuales secundarios) puede resultar en un cuerpo menos masculino, más andrógino, pero no necesariamente en una tendencia sexual (la cual, en el caso de esclavos castrados, por ejemplo en el Imperio Otomano hace siglos, era determinada más por el entorno, como el caso del lesbianismo en los harenes).

No podemos decir, por tanto, que una disfunción fisiológica concreta suponga una mayor tendencia a la homosexualidad. Se complica pues el seguir insistiendo en la homosexualidad como una tara física (ejemplo usado por Moa). Algunos de sus defensores (y en las palabras del propio Moa parece deducirse) afirman que el hecho de que el homosexual, si es fiel a sus tendencias, no pueda tener descendencia. De nuevo se echa mano de un reduccionismo consistente en que es disfuncional aquel ser humano que no tiene capacidad de reproducirse. Pero es que en el caso de los homosexuales, no existe esa incapacidad biológica (y de haberla, por ser la mujer o el hombre estériles, por ejemplo, eso no tiene nada que ver con su tendencia homosexual) desde un punto de vista fisiológico. Y si Moa considera que sí existe desde un punto de vista psicológico, de nuevo es incoherente, porque aquí ya reconoce la influencia de la psique sobre la genitalidad. Con ese mismo criterio, el que renuncia a sus instintos sexuales por una cuestión moral (por ejemplo, el voto de castidad) puede ser considerado igual de incapaz para tener descendencia. ¿Le considera Moa un tarado a alguien así? No lo parece, pero al no hacerlo, va contra su propia congruencia.

Se le ha respondido a Moa que no puede considerarse una desgracia aquello que no es considerado como tal por quien consta de la cualidad en entredicho: si el homosexual no se siente desgraciado, su homosexualidad no puede considerarse desgracia. Es un argumento con cierto recorrido, pero tampoco demasiado, puesto que objetivamente, un ciego padece una tara, pero sin embargo puede sentirse incluso afortunado (por ejemplo, Borges reconocía que en algunas cuestiones era deudor de su ceguera).

Si analizamos toda la dialéctica de Moa en el asunto, llegamos a la conclusión de que lo que le lleva a considerar desgraciada la condición de homosexual, no es más que la considera antinatural. Y eso nos lleva a otro escalón del debate.



-La homosexualidad es antinatural.

Sinceramente, esta afirmación resulta asombrosamente frecuente en muchas personas que se autodefinen como liberales. Eso sí, no logran explicar cómo es posible que si la homosexualidad es antinatural, la misma se dé en todas las sociedades, épocas y civilizaciones y también en el mundo animal, con mayor facilidad para reconocerla cuanto más próximos estén esos animales al hombre en la escala evolutiva (mamíferos terrestres y superiores y singularmente, primates).

De la innegable presencia de la homosexualidad a lo largo de la historia, que ningún antropólogo se atrevería a negar, cabe deducir que es obviamente natural. Ahora bien, quienes opinan lo contrario se escudan en una concepción estadística y porcentual de lo "natural". Como ha defendido, por ejemplo, Luis H. Arroyo, lo natural es lo mayoritario, es decir, se identifica lo natural con lo más frecuente.

Cualquier biólogo evolucionista podría explicarnos las escasísimas posibilidades de que la Naturaleza transitara los recovecos imprescindibles hasta llegar al "Homo Sapiens Sapiens" (que dicen que tiene la capacidad de pensar aunque nos surjan dudas justificadas al respecto). El propio itinerario de la evolución natural hasta llegar a nosotros, ha sido extraordinariamente improbable e infrecuente. Podría considerarse casi antinatural, y debido a lo complicadísimo de que se hayan dado las circunstancias necesarias para que estemos aquí, es por lo que los creacionistas creen inferir la presencia y necesidad de un Diseñador Inteligente.

Otro argumento para desterrar esa visión que identifica lo natural con lo frecuente consiste en preguntar a quienes la defienden si consideran a los marsupiales como naturales (pese a su infrecuencia en comparación con los mamíferos o los ovíparos). ¿Son naturales los diamentes? Lo normal es que el carbono tienda a aglomerarse más bien en otras formas, como por ejemplo el carbón. ¿Son naturales los agujeros negros? La mayoría de estrellas que colapsan no degeneran en ellos, sólo unas pocas. ¿Son naturales las especies de plantas exóticas mucho menos frecuentes que las plantas que consideramos "comunes"? ¿Son naturales los pigmeos pese a lo infrecuente de sus características físicas? ¿Son naturales las personas de ojos azules, que en muchas partes del planeta son menos frecuentes que los homosexuales?
Si por "antinatural" consideramos al minoritario, estaríamos ante un mundo mucho menos natural de lo que podríamos soportar. Y no sólo eso, todos seríamos radicalmente antinaturales en no pocas facetas. Es bastante más antinatural decretar ventajas y desventajas para los individuos según sus querencias sexuales, creo yo.

La otra cuestión tratada es la moralidad o inmoralidad de la sexualidad.

Desde aquí, tengo que reconocer que me sorprende mucho la opinión de algunos liberales al respecto. Cierto es que las suelen emitir sin tener la precaución de distinguir entre el exhibicionismo de la homosexualidad y la homosexualidad misma. Lo que ya denota que se han dejado ganar la batalla por los lobbys rosas al identificar a los últimos con todos los homosexuales.

La exhibición pública de la homosexualidad, frecuentemente es de mal gusto estético. Pero es que también lo es la exhibición pública de la heterosexualidad. Los desfiles y cabalgatas del día del orgullo gay muestran una comunidad gay hipersexualizada, tan sólo centrada en su actividad sexual y que reducen su libertad a una serie de clichés que no van más allá de una cierta liberación sexual como si ése fuera el único ámbito por el que una comunidad oprimida puede luchar.
Pero también la pandilla de varones heterosexuales que berrean en voz alta lo que le harían a tal o cual mujer suele ser un espectáculo tan lamentable como frecuente, y este lo solemos ver todos los días, singularmente los fines de semana de todo el año, sin necesidad de "Día del orgullo hetero" y en todos los ámbitos y lugares. No menos ridículas suelen ser esas hordas de mujeres que en fin de semana celebran despedidas de soltera llevando como atuendos adminículos de broma que simulan falos. Lo que pasa es que socialmente, la exhibición inelegante de la heterosexualidad está mucho más asumida y consentida -por frecuente- que la de la homosexualidad. Varones y mujeres heterosexuales que también cometen el error de reducir su personalidad a su actividad sexual y procuran presumir de ella todo lo que pueden, hay por doquier. A quien sólo considere de mal gusto ese mismo comportamiento por parte de los gays, sin duda es que no ha sido capaz de ponderar los ataques que al buen gusto de la estética pública perpetran permanentemente heterosexuales que no necesitan organizarse en lobbys, precisamente porque su heterosexualidad es mayoritaria.

Cuestión distinta es la de la moralidad de la sexualidad gay no exhibida públicamente. La mayoría de liberales que están de acuerdo con Moa han dejado bien claro (por ejemplo, Daniel Ballesteros) que no consideran perseguible legalmente esta actividad independientemente de la opinión moral que les merezca. Es obvio que no hay una sola moralidad en las sociedades abiertas como la que pretendemos ser (en las sociedades tiranizadas, la moralidad es decretada por el poder). Desde qué moralidad se opine es evidente que determinará la opinión. En este sentido, no es realmente la Iglesia Católica quien tiene capacidad hoy en día para imponer su opinión (incluso aunque lo deseara) sino el socialismo reinante, y en esto coincido plenamente con las expresiones de profundo desacuerdo que muchos liberales y padres han manifestado al quejarse por la Educación Sexual que se programa desde el Gobierno como ariete contra la autoridad paterna y la religión más extendida en nuestro país.

Ahora bien, considero que se entremezclan dos cuestiones que muchos no han sabido ver: la influencia de los lobbys gays y la decidida intención del Gobierno de ganarse para siempre su voto, con la práctica global de una cultura hedonista. Es muy complicado separar ambas cosas, pero la segunda es un movimiento mucho más amplio que el primero, más fácil de identificar.

El hedonismo reinante supone una tendencia al esfuerzo mínimo con la máxima recompensa (un concepto absolutamente económico, miren ustedes por dónde). También supone un reemplazo de no pocos valores tradicionales. Sencillamente, mucha gente hoy en día no quiere fundar una familia porque eso supone la adquisición de una serie de responsabilidades que limitan su libertad. Eso no es una cuestión española, ni siquiera solamente occidental (aunque mucho más intensa en Occidente, sobre todo gracias a una mayor prosperidad material) sino mundial.

En este sentido, ese hedonismo tiene su versión más intensa y simplista en la hipersexualización de la sociedad. El sexo es, realmente, un recurso barato, al que casi todos podemos acceder y que proporciona una satisfacción bastante inmediata y de considerable intensidad. Económicamente es un comodín: sirve para casi todo. No voy a abundar en la evidencia sobre lo frecuentemente que es usado el sexo para promocionar todo tipo de productos y servicios, incluso muchos que para nada están inicialmente relacionados con la sexualidad.

Este proceso de sexualización es mucho más complejo de lo que en esta entrada podemos analizar, pero tiene numerosas vertientes negativas, pese a que en parte surge de causas muy positivas (liberación de la mujer, movimientos iniciales de liberación del colectivo gay, un mayor conocimiento de la sexualidad humana y su influencia en la formación de la personalidad...). Como todos los procesos complejos y que duran generaciones enteras, podemos ver muchas luces y muchas sombras.

En lo que a la homosexualidad se refiere, coadyuva inicialmente a combatir la discriminación de los homosexuales, pero actualmente se lanza el mensaje de que en el sexo, si no has probado de todo alguna vez, eres poco menos que un conservador, un mojigato de mente cerrada.

Como vemos, una "pasada de frenada" de determinados movimientos loables, puede suponer que acaben limitando la libertad que inicialmente procuraban obtener y que les fuera reconocida. Una paradoja que ha ocurrido en no pocas ocasiones en la historia (por ejemplo, cómo los cristianos pasaron de perseguidos en perseguidores, si bien les llevó muchos siglos).

Este tipo de "pasadas de frenada" las vemos por doquier con movimientos como el feminista, la igualdad racial, la integración de los inmigrantes y ahora, los derechos homosexuales. ¿Solución? Considero que hay que combatir desde el liberalismo, tanto la discriminación negativa como la positiva, pero siendo justos y reconociendo que por lo general, la primera ha sido mucho más intensa y duradera. Considero que lleva una o dos generaciones salir de contextos sociales muy amplios, que nos toca vivir y que nos hacen pensar que lo que conocimos anteriormente va a romperse para siempre, pero luego, pasados unos años, vemos que ese catastrofismo era infundado.

Aunque no me pareció bien llamar a la unión homosexual "matrimonio", no considero que esa institución civil ampliada a los gays sea un peligro para Occidente ni vaya a corroer nuestra civilización (que se enfrenta a problemas más graves, sinceramente). La familia no es perfecta por ser de padres heterosexuales ni el matrimonio funciona mejor si es entre hombre y mujer. Cientos de millones de familias desgraciadas y de matrimonios equivocados a lo largo de la historia, pueden atestiguarlo.

En realidad, el individuo es tan complejo que su capacidad de adaptación a las instituciones suele ser mayor que la capacidad de adaptación que tienen las instituciones a la complejidad de cada individuo.
Habrá miles de matrimonios gays que no perduren, probablemente más que matrimonios de heterosexuales, ¿y? Lo único importante es que esa institución sirva de manera primordial a sus integrantes, considerarla importante según sirva a la sociedad, como si el colectivo fuera más importante que los individuos que conforman la institución, es un argumento profundamente socialista. Un matrimonio exitoso y positivo para quienes lo forman, rara vez será perjudicial para la sociedad.

domingo, 25 de julio de 2010

Homofobia, Libertad, normalidad y moralidad

Muchos estaréis al tanto del debate generado por un post de Pío Moa en su blog de Libertad Digital donde se declaraba abiertamente homófobo. Fue respondido por José María Marco a quien a su vez respondió Moa.

Después se ha metido en el debate Albert Esplugas, con algunas alegaciones precisas acerca del nefasto uso del idioma que perpetra Moa y algunas otras más superficiales sobre el Liberalismo en este debate. Moa le contesta acusándole de palabrero e incurriendo en más desfases lingüísticos impropios del cuidado terminológico que le suele caracterizar.

El debate sube de nivel cuando participa Federico Jiménez Losantos , la nueva respuesta de Moa, la réplica conciliadora de Federico y la contrarréplica (también con clara intención de rebajar tensiones) de don Pío.

Asimismo, la cuestión ha suscitado debates en la blogosfera; recomendable me parece el habido en el blog de Daniel Ballesteros sobre todo en el segundo asalto. Luis H. Arroyo también ha opinado sobre el particular, aquí, aquí y aquí, en un post calentito de hace apenas un rato cuando empiezo a escribir esto.

Como no podía ser menos, la cuestión se ha ido ramificando en diversos ámbitos. Sobre la subjetiva (e incoherente) concepción de la homofobia de don Pío se sostiene un alegato legítimo contra la búsqueda de privilegios por grupos de presión, de ahí se pasa a debatir sobre la "normalidad" de la homosexualidad, contrapuesta a la heterosexualidad, y de ahí se zambullen casi todos los contertulios en la frecuencia natural de las inclinaciones homosexuales, su moralidad, su "utilidad social", su "peligrosidad" y el reflejo que de la misma deba cristalizarse en la Legislación Civil. Muchos temas en uno. Intentaré ir por partes para dejar clara mi opinión, pero empezaré por lo que considero esencial:

Me considero liberal y mi visión del liberalismo que profeso me lleva a criticar y aborrecer cualquier discriminación positiva o negativa (pero especialmente las últimas). Creo en la igualdad de oportunidades para todos los individuos, de base, y que luego el principio del mérito y la capacidad allanen o compliquen la senda a recorrer por cada uno. Creo que la orientación sexual es indiferente a los méritos de cada uno y afirmo que durante milenios y aún hoy, la homosexualidad ha sido un hándicap para quien la profesaba, que sólo muy recientemente se han derribado vergonzosas barreras al respecto y que es una causa legítima por la que habrá que seguir luchando. Creo igualmente, que, como ha pasado siempre en la historia, tras la abolición ideológica primero y legal después de la discriminación contra los homosexuales, existe un proceso que dura lustros donde, como en un movimiento pendular, se pasa de un extremo a otro hasta que una mayor madurez social deja las cosas en su justo término medio. Creo que ahora padecemos ese movimiento pendular reaccionario que es el que suscita el actual debate y que consiste en transformar la homosexualidad en casi un privilegio, que esto se da en algunas sociedades occidentales y que es criticable y combatible, pero aún así, es una situación mejor (o menos mala) que la anterior que suponía la discriminación efectiva de los homosexuales.

Sé que para muchos conservadores y no pocos liberales, lo dicho me acerca a muchos progres. Discrepo, pero aún así, me importa poco. No escribo en mi blog para caer bien y pertenecer a filas prietas de grupos de opinión que se ponen etiquetas con el mismo celo con el que las quitan o las dispensan a otros. Y en todo caso, son los progres quienes se han arrimado a la trinchera de la no discriminación, aunque lo hayan hecho tarde y mal (pasándose de frenada, como indico).

Y ahora, sobre el debate enlazado en los diversos links, vamos allá:


LA CUESTIÓN TERMINOLÓGICA.
Errores e incoherencias de Pío Moa.

Don Pío inicia su primer artículo alegando que es homófobo para acto seguido afirmar que "por supuesto" no odia a los homosexuales. A continuación usa el manido argumento de "tengo amigos gays" (como si eso reforzara su opinión o le hiciera parecer mejor persona) y vuelve a dejar perplejo al lector diciendo que en todo caso, su homofobia es más legítima que otras fobias que acechan a nuestra sociedad. Evidentemente, la RAE deja claro lo que significa ser homófobo:

homofobia.

(Del ingl. homophobia).

1. f. Aversión obsesiva hacia las personas homosexuales.


Real Academia Española © Todos los derechos reservados




Pero
don Pío no puede plegarse a las significaciones del idioma común, así que en su segundo párrafo indica en qué consiste su homofobia:

A lo que me opongo, lo que detesto, es a que las mafias rosas traten de conseguir puestos de poder para modelar la sociedad según sus torcidos enredos teóricos y prácticos, empezando por la pretensión totalitaria de que ellas representan a los homosexuales.

Pues haber empezado por ahí, hombre. En otros de sus artículos en esta polémica, indica que la etimología de "homofobia" es torpe. Lo es. Etimológicamente un homófobo significa el que odia al igual, así que llevado al terreno de la sexualidad, el homófobo sería el que odia a los de su mismo sexo, cosa que no es excluyente con odiar a los homosexuales, sino que además congenia. Si Moa quiere autoproclamarse homófobo para que así le pongan a parir los lobbys gays que detesta, probablemente lo consiga a costa de retorcer el lenguaje y arrastrar el ya pedestre nivel de debate en España. Alega don Pío que la Real Academia Española de la Lengua aceptó el término "homofobia" por las presiones de los lobbys homosexuales. Craso error. Y además, refleja cierta paranoia, puesto que la RAE no determina el significado de las palabras en su diccionario, sino que sencillamente hace una foto fija del uso dado a las palabras. Para mayor contradicción de don Pío, "homofobia" es un anglicismo, como tantos exportados en las últimas décadas.

Que esto quede bien claro: el diccionario de la Real Academia no tiene poder normativo, sólo sanciona el uso común que los usuarios del idioma damos a una palabra. Es obvio cuál es el uso que le damos a "homofobia": odio a los homosexuales.

¿Que el uso dado no es acorde a la significación etimológica de la palabra? Pues no, como también pasa con el vocablo "átomo" que significa indivisible y sabemos desde hace casi un siglo que sí es divisible. Pero hay un uso tradicional de esa palabra que se sobrepone a su construcción etimológica, lo cual no sólo no es infrecuente sino que pasa con miles de vocablos y seguirá pasando de muy diversas maneras, por ejemplo, con "formatear"que cada vez se circunscribe más a su significado en el argot de la Informática, o "rayar" que cada vez es más usado en el sentido de "enloquecer" cuando esa es su décima acepción según la RAE. "Cansino" ve cómo se está imponiendo la tercera de sus acepciones que en principio parecía circunscrita a Andalucía. La etimología no es una guardiana inflexible sino una contribuyente más, y no la más importante, a la evolución del léxico. Escogerla como "prueba del algodón" del error de un concepto no es de recibo y menos cuando al párrafo siguiente uno cambia el criterio. Veámoslo:

El galimatías lingüístico en el que se refugia Moa para autoproclamarse homófobo no se detiene aquí. En sus réplicas menciona en varias ocasiones al "homosexualismo" como si éste fuera un movimiento de presión política organizado y tendente a imponer su visión del mundo. Ejemplos:


Una cosa son los homosexuales y otra el homosexualismo, como una cosa son los obreros y otra el marxismo, o las mujeres y el feminismo, o los catalanes y el nacionalismo catalán, etc.


El homosexualismo no se limita a decir que un homosexual es una persona y debe ser respetado. En realidad eso le importa poco y va mucho más allá. Hace de su condición sexual el centro de su pensamiento y de su acción, y pretende que la sociedad se conforme según sus teorizaciones. Necesita creer y hacer creer que el apego social a una sexualidad normal, a la reproducción, a la familia, al pudor, etc. son "prejuicios" que deben desarraigarse por todos los medios. El homosexualismo, el feminismo y otras ideologías "radicales" suelen ir juntos[...]



Por tanto, Moa intenta decir que él es homófobo, pero no que profesa homofobia contra los homosexuales como individuos sino contra el "homosexualismo". ¿Y qué es concretamente el homosexualismo? Pues según la RAE:

homosexualismo.

1. m. homosexualidad.



Real Academia Española © Todos los derechos reservados


Y por si a alguien no le ha quedado claro:

homosexualidad.

1. f. Inclinación hacia la relación erótica con individuos del mismo sexo.

2. f. Práctica de dicha relación.

Real Academia Española © Todos los derechos reservados


Vamos, que Moa, para justificarse homófobo, diferencia homosexualidad de homosexualismo y sale de un berenjenal para meterse en otro. Resulta que para Moa, el lenguaje en este asunto está plagado de trampas colocadas por las malvadas mafias rosas y que algunos liberales, heterosexuales o no, nos plegamos mansos a los tejemanejes de estos ingenieros sociales. Menos mal que hay gente como él capacitada para redefinir los vocablos y sus conceptos y abrirnos los ojos.

El término homofobia, torpe desde su propia construcción etimológica, no designa, pues, a quienes odian a los homosexuales, sino a quienes odian las maquinaciones de esas mafias.


Él es homófobo porque la homofobia es otra cosa distinta de lo que creemos la inmensa mayoría, igual que el homosexualismo. Claro. Fíjense que yo estoy de acuerdo con Moa en que el lenguaje es permanentemente sometido a tensiones deformadoras por parte de quienes quieren imponer sus criterios, que pretenden ponerles nombres a las cosas. Yo estoy de acuerdo también en que varios lobbys gays quieren ir mucho más allá del logro de que los homosexuales dejen de ser discriminados. No me hace falta ser homófobo para oponerme a esas pretensiones de privilegios, me basta con ser liberal y de ese "credo" surge mi pulsión por evitar que los homosexuales sean discriminados o que obtengan privilegios por su condición.

Si lo que quiere decir Moa es algo así como "quienes no estamos de acuerdo con esos lobyys somos tildados de homófobos", todos le daríamos la razón. Pero él es incoherente al considerarse homófobo "naturalmente", porque es como dar a entender que asume el uso que de esa palabra hacen los lobbys a los que dice oponerse. ¿Te opones a ellos y aceptas "naturalmente" que te llamen homófobo?

Nueva incoherencia: dice Moa que esos lobbys no representan a la totalidad de los homosexuales y hace el paralelismo con sindicatos y nacionalistas catalanes que no representan a la totalidad (ni a la mayoría siquiera) de obreros y catalanes respectivamente. ¿Aceptaría Moa que le tildaran de antiobrero y anticatalán con la misma naturalidad con la que se autoproclama homófobo? ¿No es mejor dar la batalla completa y no sólo denunciar la manipulación de los términos sino además dejarlos claramente establecidos sin necesidad de inventarse un mundo paralelo donde las palabras signifiquen lo que le conviene a su discurso? ¿No se da cuenta Moa que al decir que "homofobia" y "homosexualismo" significan lo que a él le conviene es caer en el mismo voluntarismo excluyente y egocéntrico que los creadores de esas "palabras-policía" que él denuncia?

Por si todo este mejunje semántico y pléyade de incoherencias de Moa fuera poco, cabe reprocharle que aceptar definirse como alguien que odie a algo es tan penoso como quien reduce su condición de individuo a su mera orientación sexual (algo que él critica):
El homosexual razonable [sic] no hace de su condición sexual el centro de su personalidad y de su vida, acepta su realidad si cree que no puede cambiarla, y la lleva con discreción, ya que se trata de un asunto íntimo, como debieran hacer también los heterosexuales,



Sinceramente, autodefinirse como homófobo es menos "razonable" que autodefinirse como homosexual. El segundo se define por sus inclinaciones sexuales y/o sentimentales, el primero, por su fobia. Es éticamente reprobable sentirse orgulloso de cualquier odio. Claro que uno puede considerarse muy liberal si dice que odia a Castro, Hitler, Stalin, Franco y Pol Pot. Claro que podemos presumir de que odiamos a comunistas, nazis y demás patulea, pero ¿a qué nos lleva eso? Basta con creer y amar la Libertad y la Justicia para que sea todo ese batallón de energúmenos los que nos odien y se nos pongan enfrente.


En mi humilde opinión, don Pío Moa, harto de las mafias rosas, cae en los mismos errores que denuncia: considerarlas representativas de la homosexualidad y modificar el lenguaje común para poder sujetar su argumentación. En su ingeniería semántica y en la incoherencia de su combatividad, no digo que falle el tiro (su fobia contra la intención lobbysta de lograr privilegios es acertada, a mi juicio) pero se le escapan varios perdigonazos que acaban dándole en su trasero (no diré "por el trasero" porque me parecería una broma de poco gusto en este contexto y temo que el hecho de poner sus párrafos en ese naïf color lila ya puede ser malentendido).

Luego de poner claras mis opiniones sobre el Lenguaje y su uso (o maltrato, según se mire), que por supuesto son refutables y encantado estaré de leer las discrepancias, queda el tema de la normalidad-naturalidad-moralidad de la homosexualidad. Lógicamente, esto entronca con el reconocimiento legal de las uniones homosexuales y el llamarlas "matrimonio" así como la posibilidad de adopción por parte de esas parejas "homoparentales" (también una etimología discutible). Mi intención es proseguir con este tema en la siguiente entrada.

Como resumen de ésta, quiero indicar que, como decía Borges, y nos recuerda mi amigo argentino Pablo Martínez Burkett en su blog, "las palabras son símbolos que postulan una memoria compartida". Meterse en un debate utilizando significaciones subjetivas cuando conviene y objetivas según vengan mejor o peor, no me parece honesto. Se requiere un mínimo de acuerdo entre los debatientes para poder comprender lo que cada uno quiere decir. Y ese acuerdo mínimo suele ser el lenguaje. La mayoría de los debates en nuestro país carecen de esa convención imprescindible en la que las palabras significan lo mismo o muy parecido para los "combatientes". Era de esperar que en internet y con los participantes dados, sí existiera ese acuerdo de mínimos, pero don Pío Moa nunca ha sido fiel al mismo. Es por esto que opino que incluso teniendo un gran porcentaje de razón, falla a la hora lograr su verdadero objetivo, que es acorde con lo que cualquier liberal pueda suscribir: que el Estado no se meta en la vida privada de los ciudadanos mientras no haya delito y que ningún grupo pueda hacer del Estado su sirvienta para obtener privilegios.

Sin duda, queda mucho por comentar sobre el tema.






domingo, 18 de julio de 2010

Socialismo en estado puro.

Socialismo en estado puro: Un jefe de Estado diciéndoles a los ciudadanos cómo tienen que vivir incluso en las cosas más nimias, como si se dirigiera a imbéciles incapaces de decidir, necesitados de la guía moral y autoritaria de una figura paternalista y omnipotente. El estatismo es un sucedáneo de la religión, pero mientras que los estatismos son casi idénticos entre sí, las religiones son muy heterogéneas y permiten un grado de libertad que para el estatismo es un "peligro social". Este estatismo tiene más que ver con las férreas teocracias medievales que con las religiones que actualmente subsisten en Occidente. Pero tanto en el estatismo como en la religión, existe la creencia infrangible en un ente omnisciente capaz de guiar a los creyentes.

Además, es que Chávez se contradice, porque primero promueve el ahorro y luego promueve que "los proletarios" paguen sus vacaciones ¡a crédito! Eso sí, del banco manejado por él, claro. Es como lo de ZP cuando dijo aquello de "también conviene que consumáis". ¡¡¡Panda de *******!!!


jueves, 24 de junio de 2010

Huelgas antisociales


Algún día prometo meterme a saco con el cochambroso concepto de "derechos sociales" implantado en nuestra sociedad, una aberración consistente en creer que la economía es un juego de suma cero y que por tanto la cooperación esencial en el capitalismo a través de intercambios fructíferos para las partes, es imposible y que para que uno gane, otro debe perder. Curioso que se critique al capitalismo como un sistema egoísta cuando es el socialismo quien impulsa a ganar derechos siempre a costa de otro, verdadera lacra del pensamiento dominante.

Por ahora me detengo en uno de las muchas manifestaciones de esta cochambre ideológica: las huelgas antisociales, es decir, aquéllas que perjudican a la sociedad, perpetradas por un sector de la población de ínfimo número pero con enorme capacidad para perjudicar a muchos.




Siempre que se anuncia tal o cual huelga, entre las supuestas causas hemos de soportar los topicazos acerca de que se pretende "defender derechos sociales y laborales", lo que suele suponer, como ya he dicho al principio, que otro con menos capacidad para perjudicar a la sociedad, aguante exigencias y sufrague los privilegios de unos pocos. Si esta cesión de unos en favor de otros no se produce, los huelguistas amenazan con perjudicar, legal o ilegalmente, al mayor número de personas, no sólo a la otra parte a quien se le exige su cesión, sino sobre todo a la sociedad que quede en medio, con la esperanza de que ésta presione para que las exigencias sean aceptadas sin discusión.

Los sindicatos, esos filántropos creadores de empleo, han anunciado una huelga en el Metro de Madrid para los 3 primeros días de la semana próxima. Para que nos vayamos concienciando los usuarios, ya han dicho que "es posible" que cumplan los servicios mínimos el primero de los días de huelga (porque son así de majetes y buenas personas) pero que de ninguna manera los cumplirán los otros dos días siguientes. Ale. Con dos co...

Por si eso fuera poco, desde que se ha puesto fecha a la huelga, el suburbano está padeciendo sospechosas incidencias en su funcionamiento. Vamos, sospechosísimas, como quedarse parado dos minutos en una estación con los andenes vacíos cuando ya no queda nadie por apearse o por subir de los vagones. O paradinhas en medio de los túneles. O una sensible ralentización de la velocidad en los trayectos. Claro que esa circunstancia puede ser causada por cuestiones del tráfico en otros puntos de la línea. Lo que mosquea es que esas incidencias, ocasionales casi siempre, sean sistemáticas y muchísimo más abundantes (en una proporción, según mi juicio de usuario de todos los días, de diez a uno) justo tras el anuncio de la huelga.

Más indicativo es que este procedimiento de huelga encubierta no tiene nada de nuevo. Llevo 7 años residiendo en Madrid y hay huelga del Metro todos los años, como mínimo una vez, y siempre hacen lo mismo. Singularmente virulenta fue la huelga (claramente política y electoral) de las elecciones autonómicas y municipales del 2007. Con la clara intención de coadyuvar a echar a Esperanza Aguirre de la Presidencia de la Comunidad de Madrid, la huelga se concertó en plena campaña electoral (¿pero no eran inconstitucionales las huelgas políticas?). Pero es que la huelga encubierta duró semanas, con un efecto contraproducente para los próceres del sindicalismo vertical heredado por el PSOE de su gemelo ideológico, el franquismo. No había más que estar en un vagón de metro para escuchar a la gente despotricar contra los huelguistas. No sabría contabilizar cuántos votos le dieron a Aguirre con su irresponsabilidad sindical.

Ahora, padecemos lo mismo. Y como yo tengo un largo trayecto de mi casa al trabajo, pues un minutito aquí, un trayecto a velocidad de asno entre tal y cual parada, una larga pausa para visionar las humedades de los túneles aquí y allá, tengo que salir de mi casa con más de un cuarto de hora de antelación con respecto a mis horarios normales. Y de aquí a la huelga, sólo puede ir a peor. Y como no se les conceda lo que piden, seguiremos con este tipo de huelga encubierta semanas enteras. Y si yo llego tarde un día al trabajo, Metro no se responsabilizará, alegando que no ha habido incidencias declaradas y el sancionado seré yo.

Luego se gastarán nuestros impuestos en promocionar el transporte público para combatir el calentamiento global y se quejarán de la irresponsabilidad de aquéllos que viajan en coche yendo solos, obviando la comodidad que te otorga esa posibilidad frente a un servicio semipúblico donde se tolera, cuando no se promociona, la ineptitud laboral.

Hace dos años -coincidienco con la Navidad- hubo una huelga de los empleados de limpieza del Metro. Así que no pocos de ellos, decidieron ensuciar el metro a propósito, por ejemplo, volcando las papeleras repletas (usando para ello las acreditaciones que en función de su empleo tienen para acceder al Metro y a estancias sólo reservadas a empleados, pese a estar en huelga). Más lejos llegaron algunos saboteadores que vertieron aceite y demás sustancias resbaladizas en los tornos de acceso. Las imágenes de las cámaras de Metro mostrando las caídas de personas mayores apenas sirvieron para unas pocas leves sanciones. Puede apostarse que esta vez tampoco habrá sanciones o que de haberlas, serán irrisorias, sobre todo comparadas con el perjuicio causado a los usuarios.

Sinceramente, cada vez que sale uno de estos acomodados de los sindicatos hablando de la defensa de derechos sociales, es para echarse a temblar. Insisto en que el liberalismo es una lucha contra los privilegios injustos, entre muchas más cosas. Pocos privilegios son más contraproducentes para el interés social que el que se concede a estos grupúsculos nada representativos e inexplicablemente influyentes en nuestro tiempo.

lunes, 21 de junio de 2010

Tiempos de crisis, ¿tiempos de cambio?

"En tiempos revueltos, mejor no hacer mudanza", reza la sabiduría popular en uno de los asertos del interminable refranero español. Sin embargo, cuando el fracaso se instala como una costumbre insoslayable, es impresincidible plantearse las bases ideológicas que nos han llevado a una crisis que ya ha perdido el adjetivo de "cíclica" y que a todas luces tiene la característica de endémica y estructural.

En muchas entradas en este blog, he defendido la idea de que ha sido una gran desgracia para España que la crisis financiera internacional haya provocado el afloramiento definitivo de nuestros males autóctonos. Ha sido algo así como si una grave gripe ocultara los dolores producidos por una metástasis. Es lógico que el Gobierno haya querido echar la culpa a otros, dispersando responsabilidades en el contexto internacional o achacándoselas a figuras pretéritas que han logrado anatematizar en lo que Jung denominaba "el inconsciente colectivo" (preferiblemente, Bush y Aznar). Menos lógico y bastante más lamentable es que muchos que no defienden ni se sienten representados por este Gobierno hayan interiorizado la superficial explicación de que los dolores padecidos se deben a esa grave gripe de la que nos hemos contagiado como todos y no a nuestra enfermedad patria: estatismo socialista allá donde miremos, falta de formación a todos los niveles, impopularidad del esfuerzo y de la meritocracia y demonización de la competitividad y del libre mercado.

Pese a lo negro de la situación, creo reconocer algunos "brotes verdes", muy distintos a los que aparecen en las alucinaciones de la Ministra de Economía (recordemos que, junto al infame diario zapateril "Público", dijeron hace 15 meses que ya estábamos saliendo de la crisis).

Fíjense en este ideograma chino:

Ambas versiones se usan indistintamente para referirse a dos conceptos: CRISIS y OPORTUNIDAD.

Los que nos consideramos liberales llevamos ya varios años (unos pocos) y muchos años (otros pocos más veteranos) señalando como culpables de nuestro marasmo social, ideológico y económico, una serie de cuestiones. A saber: el solapamiento de los niveles administrativos, la renuncia al esfuerzo como base del éxito, la hipertrofia estatal, la inevitable apropiación del interés general por los politicastros, la corrupción como sistema político isntaurado e inapelable, la nula separación de poderes, los ataques sistemáticos contra el capitalismo, el socialismo como religión y creencia obligatoria de la sociedad, la doble moral contra las religiones autóctonas y a favor de las versiones más destructivas de las foráneas, la ambivalencia de los hechos según los lleven a cabo unos u otros, el gasto público desaforado, la falta de ideas y aún más falta de ideología, la ignorancia como requisito para una existencia sólo feliz en apariencia pero en realidad, indolente...

Y por ahí es por donde veo timidísimos brotes verdes: en las ideas. Ha tenido que llegar una crisis internacional que nos suma en una más grave pero nacional para que por fin se escuchen con una asiduidad aún escasa pero mucho mayor que nunca antes, voces criticando el Estado de las Autonomías. Incluso tenemos a un gobierno del PSOE que -aunque reconoce que obligado por otros- se atreve a hacer recortes impopulares. Son diminutos cambios, seguramente transitorios, pero que deberían ser aprovechados por los liberales para meter la cuña de un ideario sólido y sistemáticamente ignorado porque a los poderosos en España (grandes empresarios y sindicatos) no les interesa nada que huela a verdadero capitalismo, competencia, libre mercado e igualdad de oportunidades. Ambos sectores luchan entre sí, pero sólo para arrancarse privilegios legales el uno al otro. El liberalismo es, en esencia, una lucha contra los privilegios injustos. Por eso, nada hay más revolucionario que ser liberal.

La gente, cuando habla de cambio, habla de que un partido suceda a otro al frente del Gobierno. Eso, hoy en día en España, es un cambio apenas cosmético. Desechado el PP como verdadera alternativa ideológica al PSOE, el verdadero cambio es el que empieza por las ideas, las que manan de los individuos que ansían sentirse libres para algo más que pagar impuestos y votar cada 4 años a unas listas cerradas de unos partidos endogámicos y liberticidas.

Los brotes verdes no germinarán sin extenderse de la manera más complicada, pero también la más eficaz: el boca a boca, o el "cerebro a cerebro". Nuestra libertad está en juego. ¿Acaso no merece la pena dar batalla por ella? Sin ninguna duda, si seguimos haciendo lo que estamos haciendo, seguiremos consiguiendo lo que estamos consiguiendo: reducción de las libertades individuales, aumento del estatismo y la injerencia gubernamental en nuestras vidas.

Es hora de probar a hacer algo distinto. Es hora de cambiar, pero no de siglas políticas, sino de algo mucho más fructífero y poderoso: las ideas.

domingo, 6 de junio de 2010

Sobre el recorte del sueldo de los funcionarios

En la mayoría de blogs liberales se ha considerado el recorte salarial a los funcionarios como una medida justa y necesaria, aunque insuficiente y desde luego, muy tardía. En no pocas ocasiones la opinión va unida a la exposición de numerosos clichés contra los empleados públicos: vagos, enchufados, aprovechados, inmunes a los vaivenes laborales del resto de los mortales...

Es obvio que los funcionarios tienen mala prensa, pero viendo que es la salida laboral preferida de la mayoría de españoles en edad de trabajar, parece que sean tan mal vistos como envidiados. Si se les critica tanto como se anhela su estatus, ¿no se tratará más de envidia que de crítica constructiva?

En mi opinión, en muchas ocasiones se pretende dar a los políticos una patada usando el trasero de los funcionarios. Se ve en la masa funcionarial un ejemplo de la mala gestión y la corrupción política, olvidando cuestiones relevantes. Una de ellas, es que el estatus de no pocos funcionarios de carrera, ha sido logrado tras que éstos hayan invertido algunos de los mejores años de su vida en una preparación durísima y sin garantías de éxito, sin que se aminore el riesgo de que "un mal día" en un examen les arruine el trabajo de años. Otra cuestión, es que hay trabajos desempeñados por funcionarios que son esenciales en la sociedad y tienen una retribución por la que la mayoría no estaría dispuesto a desempeñarlos (atención a personas con distintos tipos y grados de minusvalías, lucha contra el crimen organizado...).

Yo no estoy en contra del recorte del sueldo a los funcionarios, si bien considero que podría haberse salvaguardado a aquéllos que tienen unas retribuciones más bajas. De lo que sí estoy convencido es de que habría posibilidad de ahorrar mucho más dinero en muchas más cosas antes de recortar esos sueldos: PER, radios y televisiones públicas, la miríada de Empresas Públicas, las fantasmagóricas Diputaciones Provinciales, el Plan E, la masiva propaganda institucional, las dietas de los políticos y altísimos funcionarios del Estado, el injusto y repulsivo sistema de Pensiones de sus Señorías diputados y senadores...

Para dar otro punto de vista, comparto aquí un email que me ha llegado que dice tener como autor a Gustavo Vidal Manzanares y que seguro que algunos ya conoceréis. No estoy de acuerdo con todo lo que dice, sólo con algunas cosas, pero considero apropiado aportar reflexiones diversas a una cuestión que quizá no es tan sencilla como la pintan muchos (liberales incluidos).
En 1956, Dolores Medio escribió “Funcionario público”, novela desgarrada donde se narran las penurias de Pablo Marín, funcionario atado a un sueldo mísero que malvivía en un cuartucho junto a su mujer. Tras las décadas siguientes de desarrollo, la figura del empleado público casi indigente, trasunto del cesante de novelón galdosiano, fue poco a poco hundiéndose en el olvido.

Pero en los últimos días, la cloaca política y mediática neoliberal ha babeado de placer ante los ecos de una posible congelación salarial a los funcionarios. Sin embargo, nada sería más injusto que pasar la factura de la crisis a este colectivo.


Así, en los momentos de hervor económico y ladrillazo, un encofrador podía duplicar el sueldo de un Técnico Superior de la Administración, y para conseguir que un albañil viniera a casa había, poco menos, que apuntarse en una lista de espera y cruzar los dedos.

Mientras los funcionarios perdían poder adquisitivo y realizaban malabarismos contables con el sueldo, miles de paletos de eructo, puti-club y caspa montaban una constructora y juntaban billetes de quinientos euros como cromos. Legiones de jóvenes abandonaban los estudios y dejaban sus libros escolares criando polvo mientras se pavoneaban en coches refulgentes… ¿los funcionarios? Unos “pringaos, hombre, unos “pringaos”… ¿para qué estudiar?, ¿para qué invertir?, ¿para qué innovar?... “España va bien”.


Y mientras tantos celebraban sus ganancias entre cubatas, risas, rayas de coca y “España va bien”, miles de hombres y mujeres habían inmolado sus mejores años junto a una taza de café cargado, un flexo y un temario de oposiciones. Con los codos clavados en una mesa, viendo la vida desfilar a través del claroscuro de un ventanal, a la espera del momento crucial y temible de los exámenes.


Pues bien, ahora resulta que, según los neoliberales, los efectos de aquellos excesos han de pagarlos los “privilegiados funcionarios”, precisamente el colectivo que apenas se benefició del auge económico y que, por supuesto, no provocó la crisis.
Según ese planteamiento no pidamos cuenta a las entidades bancarias que prestaron dinero sin las debidas garantías. No pensemos que las ganancias obscenas de la especulación acabaron en paraísos fiscales. No indaguemos en ayuntamientos y comunidades que dilapidaron millones encargando obras absurdas que enriquecieron a empresarios. No, no… todo esto que lo paguen los funcionarios. Sí, los funcionarios, aquellos “pringaos” durante los años del falso esplendor económico. Sí, el juez que sacrificó como poco cinco años en una oposición terrorífica (aparte de los cinco de carrera) para ganar menos que muchos fontaneros. Sí, los miles de opositores que hubieron de recurrir al Lexatín, el policía que se juega la vida por mil quinientos euros mensuales, el auxiliar que no gana más de novecientos… ¡resulta que estos han de pagar la crisis y son unos “privilegiados”!

Gustavo Vidal Manzanares es jurista y escritor




"Avaratar", estreno en junio en todas las nóminas de funcionarios.