Mostrando entradas con la etiqueta Cristianismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cristianismo. Mostrar todas las entradas

domingo, 25 de julio de 2010

Homofobia, Libertad, normalidad y moralidad

Muchos estaréis al tanto del debate generado por un post de Pío Moa en su blog de Libertad Digital donde se declaraba abiertamente homófobo. Fue respondido por José María Marco a quien a su vez respondió Moa.

Después se ha metido en el debate Albert Esplugas, con algunas alegaciones precisas acerca del nefasto uso del idioma que perpetra Moa y algunas otras más superficiales sobre el Liberalismo en este debate. Moa le contesta acusándole de palabrero e incurriendo en más desfases lingüísticos impropios del cuidado terminológico que le suele caracterizar.

El debate sube de nivel cuando participa Federico Jiménez Losantos , la nueva respuesta de Moa, la réplica conciliadora de Federico y la contrarréplica (también con clara intención de rebajar tensiones) de don Pío.

Asimismo, la cuestión ha suscitado debates en la blogosfera; recomendable me parece el habido en el blog de Daniel Ballesteros sobre todo en el segundo asalto. Luis H. Arroyo también ha opinado sobre el particular, aquí, aquí y aquí, en un post calentito de hace apenas un rato cuando empiezo a escribir esto.

Como no podía ser menos, la cuestión se ha ido ramificando en diversos ámbitos. Sobre la subjetiva (e incoherente) concepción de la homofobia de don Pío se sostiene un alegato legítimo contra la búsqueda de privilegios por grupos de presión, de ahí se pasa a debatir sobre la "normalidad" de la homosexualidad, contrapuesta a la heterosexualidad, y de ahí se zambullen casi todos los contertulios en la frecuencia natural de las inclinaciones homosexuales, su moralidad, su "utilidad social", su "peligrosidad" y el reflejo que de la misma deba cristalizarse en la Legislación Civil. Muchos temas en uno. Intentaré ir por partes para dejar clara mi opinión, pero empezaré por lo que considero esencial:

Me considero liberal y mi visión del liberalismo que profeso me lleva a criticar y aborrecer cualquier discriminación positiva o negativa (pero especialmente las últimas). Creo en la igualdad de oportunidades para todos los individuos, de base, y que luego el principio del mérito y la capacidad allanen o compliquen la senda a recorrer por cada uno. Creo que la orientación sexual es indiferente a los méritos de cada uno y afirmo que durante milenios y aún hoy, la homosexualidad ha sido un hándicap para quien la profesaba, que sólo muy recientemente se han derribado vergonzosas barreras al respecto y que es una causa legítima por la que habrá que seguir luchando. Creo igualmente, que, como ha pasado siempre en la historia, tras la abolición ideológica primero y legal después de la discriminación contra los homosexuales, existe un proceso que dura lustros donde, como en un movimiento pendular, se pasa de un extremo a otro hasta que una mayor madurez social deja las cosas en su justo término medio. Creo que ahora padecemos ese movimiento pendular reaccionario que es el que suscita el actual debate y que consiste en transformar la homosexualidad en casi un privilegio, que esto se da en algunas sociedades occidentales y que es criticable y combatible, pero aún así, es una situación mejor (o menos mala) que la anterior que suponía la discriminación efectiva de los homosexuales.

Sé que para muchos conservadores y no pocos liberales, lo dicho me acerca a muchos progres. Discrepo, pero aún así, me importa poco. No escribo en mi blog para caer bien y pertenecer a filas prietas de grupos de opinión que se ponen etiquetas con el mismo celo con el que las quitan o las dispensan a otros. Y en todo caso, son los progres quienes se han arrimado a la trinchera de la no discriminación, aunque lo hayan hecho tarde y mal (pasándose de frenada, como indico).

Y ahora, sobre el debate enlazado en los diversos links, vamos allá:


LA CUESTIÓN TERMINOLÓGICA.
Errores e incoherencias de Pío Moa.

Don Pío inicia su primer artículo alegando que es homófobo para acto seguido afirmar que "por supuesto" no odia a los homosexuales. A continuación usa el manido argumento de "tengo amigos gays" (como si eso reforzara su opinión o le hiciera parecer mejor persona) y vuelve a dejar perplejo al lector diciendo que en todo caso, su homofobia es más legítima que otras fobias que acechan a nuestra sociedad. Evidentemente, la RAE deja claro lo que significa ser homófobo:

homofobia.

(Del ingl. homophobia).

1. f. Aversión obsesiva hacia las personas homosexuales.


Real Academia Española © Todos los derechos reservados




Pero
don Pío no puede plegarse a las significaciones del idioma común, así que en su segundo párrafo indica en qué consiste su homofobia:

A lo que me opongo, lo que detesto, es a que las mafias rosas traten de conseguir puestos de poder para modelar la sociedad según sus torcidos enredos teóricos y prácticos, empezando por la pretensión totalitaria de que ellas representan a los homosexuales.

Pues haber empezado por ahí, hombre. En otros de sus artículos en esta polémica, indica que la etimología de "homofobia" es torpe. Lo es. Etimológicamente un homófobo significa el que odia al igual, así que llevado al terreno de la sexualidad, el homófobo sería el que odia a los de su mismo sexo, cosa que no es excluyente con odiar a los homosexuales, sino que además congenia. Si Moa quiere autoproclamarse homófobo para que así le pongan a parir los lobbys gays que detesta, probablemente lo consiga a costa de retorcer el lenguaje y arrastrar el ya pedestre nivel de debate en España. Alega don Pío que la Real Academia Española de la Lengua aceptó el término "homofobia" por las presiones de los lobbys homosexuales. Craso error. Y además, refleja cierta paranoia, puesto que la RAE no determina el significado de las palabras en su diccionario, sino que sencillamente hace una foto fija del uso dado a las palabras. Para mayor contradicción de don Pío, "homofobia" es un anglicismo, como tantos exportados en las últimas décadas.

Que esto quede bien claro: el diccionario de la Real Academia no tiene poder normativo, sólo sanciona el uso común que los usuarios del idioma damos a una palabra. Es obvio cuál es el uso que le damos a "homofobia": odio a los homosexuales.

¿Que el uso dado no es acorde a la significación etimológica de la palabra? Pues no, como también pasa con el vocablo "átomo" que significa indivisible y sabemos desde hace casi un siglo que sí es divisible. Pero hay un uso tradicional de esa palabra que se sobrepone a su construcción etimológica, lo cual no sólo no es infrecuente sino que pasa con miles de vocablos y seguirá pasando de muy diversas maneras, por ejemplo, con "formatear"que cada vez se circunscribe más a su significado en el argot de la Informática, o "rayar" que cada vez es más usado en el sentido de "enloquecer" cuando esa es su décima acepción según la RAE. "Cansino" ve cómo se está imponiendo la tercera de sus acepciones que en principio parecía circunscrita a Andalucía. La etimología no es una guardiana inflexible sino una contribuyente más, y no la más importante, a la evolución del léxico. Escogerla como "prueba del algodón" del error de un concepto no es de recibo y menos cuando al párrafo siguiente uno cambia el criterio. Veámoslo:

El galimatías lingüístico en el que se refugia Moa para autoproclamarse homófobo no se detiene aquí. En sus réplicas menciona en varias ocasiones al "homosexualismo" como si éste fuera un movimiento de presión política organizado y tendente a imponer su visión del mundo. Ejemplos:


Una cosa son los homosexuales y otra el homosexualismo, como una cosa son los obreros y otra el marxismo, o las mujeres y el feminismo, o los catalanes y el nacionalismo catalán, etc.


El homosexualismo no se limita a decir que un homosexual es una persona y debe ser respetado. En realidad eso le importa poco y va mucho más allá. Hace de su condición sexual el centro de su pensamiento y de su acción, y pretende que la sociedad se conforme según sus teorizaciones. Necesita creer y hacer creer que el apego social a una sexualidad normal, a la reproducción, a la familia, al pudor, etc. son "prejuicios" que deben desarraigarse por todos los medios. El homosexualismo, el feminismo y otras ideologías "radicales" suelen ir juntos[...]



Por tanto, Moa intenta decir que él es homófobo, pero no que profesa homofobia contra los homosexuales como individuos sino contra el "homosexualismo". ¿Y qué es concretamente el homosexualismo? Pues según la RAE:

homosexualismo.

1. m. homosexualidad.



Real Academia Española © Todos los derechos reservados


Y por si a alguien no le ha quedado claro:

homosexualidad.

1. f. Inclinación hacia la relación erótica con individuos del mismo sexo.

2. f. Práctica de dicha relación.

Real Academia Española © Todos los derechos reservados


Vamos, que Moa, para justificarse homófobo, diferencia homosexualidad de homosexualismo y sale de un berenjenal para meterse en otro. Resulta que para Moa, el lenguaje en este asunto está plagado de trampas colocadas por las malvadas mafias rosas y que algunos liberales, heterosexuales o no, nos plegamos mansos a los tejemanejes de estos ingenieros sociales. Menos mal que hay gente como él capacitada para redefinir los vocablos y sus conceptos y abrirnos los ojos.

El término homofobia, torpe desde su propia construcción etimológica, no designa, pues, a quienes odian a los homosexuales, sino a quienes odian las maquinaciones de esas mafias.


Él es homófobo porque la homofobia es otra cosa distinta de lo que creemos la inmensa mayoría, igual que el homosexualismo. Claro. Fíjense que yo estoy de acuerdo con Moa en que el lenguaje es permanentemente sometido a tensiones deformadoras por parte de quienes quieren imponer sus criterios, que pretenden ponerles nombres a las cosas. Yo estoy de acuerdo también en que varios lobbys gays quieren ir mucho más allá del logro de que los homosexuales dejen de ser discriminados. No me hace falta ser homófobo para oponerme a esas pretensiones de privilegios, me basta con ser liberal y de ese "credo" surge mi pulsión por evitar que los homosexuales sean discriminados o que obtengan privilegios por su condición.

Si lo que quiere decir Moa es algo así como "quienes no estamos de acuerdo con esos lobyys somos tildados de homófobos", todos le daríamos la razón. Pero él es incoherente al considerarse homófobo "naturalmente", porque es como dar a entender que asume el uso que de esa palabra hacen los lobbys a los que dice oponerse. ¿Te opones a ellos y aceptas "naturalmente" que te llamen homófobo?

Nueva incoherencia: dice Moa que esos lobbys no representan a la totalidad de los homosexuales y hace el paralelismo con sindicatos y nacionalistas catalanes que no representan a la totalidad (ni a la mayoría siquiera) de obreros y catalanes respectivamente. ¿Aceptaría Moa que le tildaran de antiobrero y anticatalán con la misma naturalidad con la que se autoproclama homófobo? ¿No es mejor dar la batalla completa y no sólo denunciar la manipulación de los términos sino además dejarlos claramente establecidos sin necesidad de inventarse un mundo paralelo donde las palabras signifiquen lo que le conviene a su discurso? ¿No se da cuenta Moa que al decir que "homofobia" y "homosexualismo" significan lo que a él le conviene es caer en el mismo voluntarismo excluyente y egocéntrico que los creadores de esas "palabras-policía" que él denuncia?

Por si todo este mejunje semántico y pléyade de incoherencias de Moa fuera poco, cabe reprocharle que aceptar definirse como alguien que odie a algo es tan penoso como quien reduce su condición de individuo a su mera orientación sexual (algo que él critica):
El homosexual razonable [sic] no hace de su condición sexual el centro de su personalidad y de su vida, acepta su realidad si cree que no puede cambiarla, y la lleva con discreción, ya que se trata de un asunto íntimo, como debieran hacer también los heterosexuales,



Sinceramente, autodefinirse como homófobo es menos "razonable" que autodefinirse como homosexual. El segundo se define por sus inclinaciones sexuales y/o sentimentales, el primero, por su fobia. Es éticamente reprobable sentirse orgulloso de cualquier odio. Claro que uno puede considerarse muy liberal si dice que odia a Castro, Hitler, Stalin, Franco y Pol Pot. Claro que podemos presumir de que odiamos a comunistas, nazis y demás patulea, pero ¿a qué nos lleva eso? Basta con creer y amar la Libertad y la Justicia para que sea todo ese batallón de energúmenos los que nos odien y se nos pongan enfrente.


En mi humilde opinión, don Pío Moa, harto de las mafias rosas, cae en los mismos errores que denuncia: considerarlas representativas de la homosexualidad y modificar el lenguaje común para poder sujetar su argumentación. En su ingeniería semántica y en la incoherencia de su combatividad, no digo que falle el tiro (su fobia contra la intención lobbysta de lograr privilegios es acertada, a mi juicio) pero se le escapan varios perdigonazos que acaban dándole en su trasero (no diré "por el trasero" porque me parecería una broma de poco gusto en este contexto y temo que el hecho de poner sus párrafos en ese naïf color lila ya puede ser malentendido).

Luego de poner claras mis opiniones sobre el Lenguaje y su uso (o maltrato, según se mire), que por supuesto son refutables y encantado estaré de leer las discrepancias, queda el tema de la normalidad-naturalidad-moralidad de la homosexualidad. Lógicamente, esto entronca con el reconocimiento legal de las uniones homosexuales y el llamarlas "matrimonio" así como la posibilidad de adopción por parte de esas parejas "homoparentales" (también una etimología discutible). Mi intención es proseguir con este tema en la siguiente entrada.

Como resumen de ésta, quiero indicar que, como decía Borges, y nos recuerda mi amigo argentino Pablo Martínez Burkett en su blog, "las palabras son símbolos que postulan una memoria compartida". Meterse en un debate utilizando significaciones subjetivas cuando conviene y objetivas según vengan mejor o peor, no me parece honesto. Se requiere un mínimo de acuerdo entre los debatientes para poder comprender lo que cada uno quiere decir. Y ese acuerdo mínimo suele ser el lenguaje. La mayoría de los debates en nuestro país carecen de esa convención imprescindible en la que las palabras significan lo mismo o muy parecido para los "combatientes". Era de esperar que en internet y con los participantes dados, sí existiera ese acuerdo de mínimos, pero don Pío Moa nunca ha sido fiel al mismo. Es por esto que opino que incluso teniendo un gran porcentaje de razón, falla a la hora lograr su verdadero objetivo, que es acorde con lo que cualquier liberal pueda suscribir: que el Estado no se meta en la vida privada de los ciudadanos mientras no haya delito y que ningún grupo pueda hacer del Estado su sirvienta para obtener privilegios.

Sin duda, queda mucho por comentar sobre el tema.






sábado, 4 de abril de 2009

3 de abril: fecha de la crucifixión de Cristo.

Ayer, día 3 de abril hizo algo menos de 2000 años que en Jerusalén, fue asesinado en la cruz un hombre que pasaría a la Historia conocido como Jesús de Nazaret.



Quizá pueda sorprender afirmar esto en el día que la Iglesia celebra el Viernes de Dolores, como si hubiera adelantado una semana la fecha que se celebrará en 7 días, el Viernes Santo de este año 2009. Pero no se trata de guiarnos por el calendario lunar que utiliza la Iglesia, sino de intentar retroceder en el tiempo contando los días según nuestro calendario actual, aún sabiendo que esa manera de contar las fechas no se utilizaba durante los hechos comentados.

Independientemente de nuestra creencia o escepticismo acerca de la figura de Jesús de Nazaret (y de su naturaleza humana o divina), existen suficientes datos como para que se dé un debate auténtico sobre la fecha de su crucifixión. Si entendemos los evangelios como portadores de cierta historicidad y echamos mano de algunos historiadores prestigiosos, podemos calcular qué día (de nuestro calendario actual) fue en el que se crucificó a un personaje que acabaría siendo el más relevante de la Historia Occidental.

Los historiadores, biblistas y estudiosos del cristianismo incipiente han buceado en esta pregunta a través de tres calendarios (el judío, el juliano y el gregoriano), de las Sagradas Escrituras, de los siempre incompletos testimonios de la época y de las glosas parciales o interesadas de los historiadores del siglo I y posteriores. Además, es necesario navegar a través del hebreo, del arameo, del griego antiguo y del latín, cuando no de algún otro idioma usado por algún historiador o cronista previo a la Edad Media.

En la modesta medida de mis posibilidades y recopilando los saberes de otros, expondré someramente los motivos que llevan a muchos estudiosos a afirmar la fecha del 3 de abril como la más plausible para haber sido aquella en la que Jesús fue crucificado.

El "baile" de calendarios.

Lo primero de todo es rodear los obstáculos más evidentes:

1) Nuestro actual calendario es el gregoriano, llamado así porque fue establecido por el Papa Gregorio XIII en 1582 en sustitución del impuesto por Julio César en el año 46 a. C. obviamente, ya identificamos el 46 a. C. utilizando el gregoriano, que es lo mismo que vamos a hacer para el resto de fechas que cogemos como referencia. Dichas fechas referenciales no son discutidas hoy en día, por eso es factible apoyarse en ellas sin temor a que generen errores que se vayan arrastrando a lo largo del razonamiento y lo hagan naufragar.

2) En el calendario gregoriano se utiliza como referencia la supuesta fecha del nacimiento de Cristo (incluso para quienes no lo consideren Dios, tienen que considerarle casi omnipresente). Pero no hay acuerdo total sobre la fecha correcta de dicho nacimiento y por los estudios más fiables se considera que pudo acontecer en el año 7 u 8 a. C. Sí, parece un galimatías decir que Cristo nació en el 7 antes de Cristo.

Con respecto al primer obstáculo: el día 4 de octubre de 1582 fue seguido del 15 de octubre de 1582. Esto puede parecer que supone un desfase a la hora de retroceder el calendario gregoriano al siglo I, pero es justo al revés, dicho salto de diez días es el necesario para eliminar el verdadero desfase que durante 11 siglos fue acumulando el calendario juliano. Como vemos, 10 días de desfase en 13 siglos no supone ni un día por cada siglo. Esto significa que en el tiempo de la crucifixión, el desfase acumulado era inferior a un día, puesto que no había pasado ni un siglo desde la imposición del calendario juliano. Concretamente, el calendario juliano introduce un error de un día cada 128 años. Por tanto, entre el 325 del concilio de Nicea y el 1.582 (1.257 años) en el que entra el calendario gregoriano, hubo un desfase de once minutos por año debido al cómputo del año juliano, lo que arroja un desfase total de casi diez días.


El cálculo del desfase hay que realizarlo desde el año del Concilio de Nicea y no desde la entrada en vigor del calendario juliano debido a que ya se hizo un "ajuste" posterior a la crucifixión. Fue en el citado concilio de Nicea en el 325 d. C., donde se estableció como fecha de la Pascua cristiana el domingo siguiente al plenilunio posterior al equinoccio de primavera. De esta manera, se evitaba que la Pascua cristiana coincidiera con la judía, algo muy relevante en los primeros siglos del cristianismo donde la diferenciación con el judaísmo era vital.



Referencias bíblicas y extrabíblicas

Respecto al obstáculo número 2, aquí debemos de escoger entre pensar que los Evangelios son literatura religiosa sin carácter histórico alguno o bien pensar que sí tienen cierto rigor histórico. A día de hoy y sin existir un acuerdo pleno, hay pocas dudas sobre que muchos de los eventos narrados en los Evangelios pueden ser rastreados por los historiadores. Uno nos resulta singularmente útil: la matanza de los inocentes ordenada por Herodes el Grande para asesinar al que los judíos esperaban fuera su Mesías recién nacido (Mateo, capítulo 2).

La fuente principal la proporciona Macrobio, historiador romano del siglo IV d. C. que documenta la matanza de niños ordenada por Herodes el Grande, rey gentil (no judío) impuesto por Roma a los judíos y de quien podemos constatar que murió en el año que hoy denominamos como 4 a. C. Herodes mandó matar a los niños menores de dos años algún par de años antes de su muerte. Este dato, unido a lo que mencionaré después, abre la posibilidad de que si el niño nacido en Belén de Judea y adorado por unos extraños personajes de Oriente (y de quienes los Evangelios en ningún momento dice que fueran "reyes") y el predicador que fue crucificado tiempo después en el monte Calvario, fueron la misma persona, Jesucristo hubiera podido vivir más de 33 años.

Ahora bien, ¿cómo determinar la fecha de la crucifixión?


La Pascua judía, la pista necesaria

En los Evangelios sinópticos (Mateo capítulo 26, 17; Marcos, capítulo 14, 12-21, Lucas, capítulo 13, 18 – 30) se dice que "el primer día de los Ázimos" los apóstoles prepararon el convite que pasaría a la Historia como la "Sagrada Cena". Es un pista extraordinaria. Los judíos celebraban su salida de Egipto durante siete días en su Pascua. Por si el detalle fuera pequeño, en el evangelio de San Mateo se indica que el día de la crucifixión era la "parasceve", es decir, la preparación de la Pascua judía (Pesaj) y anterior a un shabat. De aquí deriva la necesidad de que la crucifixión cayera en viernes y también en parte el hecho de que la festividad de la Semana Santa no tenga una fecha concreta. Obviamente, si se celebrara en una fecha determinada, no siempre coincidiría en los mismos días de la semana. Cabe resaltar además, que como Jesús y sus apóstoles seguían las tradiciones hebreas, los historiadores consideran que con mucha probabilidad, la famosa "Sagrada Cena" habría sido en realidad un "séder pascual", esto es, el banquete pascual judío.

Al nombrar a la "parasceve", los historiadores deducen que el día de la crucifixión no fue un viernes normal, sino el anterior a un "Shabat HaGadol" o "sábado grande" (se conmemoran los prodigios que permitieron la salida de Egipto). En los evangelios nos indica que sería el día 14 del primer mes del calendario judío (Nisán). Pero alrededor de aquellos años, sólo hubo dos "Shabat HaGadol" que coincidieran con esa fecha del mes de Nisán y ambos están bien localizados por los historiadores: el 8 de abril del año 30 y el 4 de abril del 33. Las dos fechas probables de la crucifixión son los dos días anteriores a los mencionados.



La cronología de los emperadores entra en juego


Finalmente, un historiador del siglo V, Juan Malalas, proporciona el dato decisivo en su obra "Cronografía":

Jesucristo, Nuestro Señor, fue crucificado el séptimo día antes de las calendas de abril, en el mes de marzo,[…] en el año dieciocho y en el séptimo mes del reinado del emperador Tiberio.



La mención de marzo no es problemática, pues cuando Malalas escribió, lógicamente desconocía el ajuste que más de mil años después llevaría a cabo Gregorio XIII.
Sabemos como dato irrefutable que Tiberio fue declarado César el 18 de septiembre del 14 d. C., con lo que el sumatorio de esta fecha junto al cómputo que proporciona Malalas ya nos da abril del año 33.

Hay que señalar que Malalas podría estar equivocado. Su condición de cristiano podría ser vista como un argumento en contra de su imparcialidad. Ciertamente, de ser la única referencia en juego, no podríamos otorgarle completa certeza a su testimonio. Pero sin embargo hay diversos argumentos que refrendan su aserto sobre la fecha de la crucifixión:


El emperador Tiberio, bajo

cuyo dominado se ejecutó a Jesucristo


Juan Malalas fue un escritor antíoco del siglo V. En aquella época, ante el progresivo derrumbe del Imperio Romano de Occidente, el "cristianismo oriental" era mucho más activo teológicamente que el occidental. En la mayoría de sínodos y concilios, los obispos, teólogos y pensadores orientales suponían numéricamente una abrumadora mayoría sobre los occidentales. Es un dato relevante para entender hasta qué punto en Antioquía se hilaba mucho más fino en no pocas cuestiones que atañían al orbe cristiano, tanto más en algo tan singular y relevante como la fecha de la muerte del Salvador.
Malalas se propuso realizar una historia del mundo (empezó siendo la historia de su ciudad) y le salieron 18 tomos con el título de "Cronografía". Es una obra hoy en día no conservada íntegramente y criticada por numerosas inexactitudes y por aceptar numerosos hechos rayanos en la leyenda cuando no muy discutidos históricamente. Sin embargo, esta obra gozó de gran prestigio en los siglos sucesivos a su creación y no obstante los fallos que se hayan podido detectar con mucha posterioridad, la obra en sí supone un descomunal esfuerzo por datar numerosísimos sucesos y en no pocas ocasiones la cronología se considera muy precisa. Especialmente en lo referido a determinados temas. Y sobre todo, cuando Malalas usa como referente la Era Antíoca, sus dataciones resultan particularmente verosímiles. Esto es lo que hace que hoy en día la referencia a Jesús de Narzareth se considere cuando menos a tener en cuenta.



La astronomía como recurso para realizar dataciones

Conocemos que para datar objetos, podemos recurrir a la tecnología relacionada con lo más pequeño: los átomos. Así, el método de datación del Carbono-14 ha sido muy útil para no pocos descurimientos de arqueología bíblica. Pero para datar sucesos, es necesario recurrir a lo más grande: los astros.

Y es que por si los elementos presentados fueran poco convincentes, tenemos un dato casi sobrecogedor: el que hace referencia a las tinieblas que según los 4 evangelistas se extendieron tras la muerte de Jesús en la cruz por "toda la tierra". Probablemente se referían a todo Erets Israel, toda la tierra de Israel, aunque no hay que descartar que sencillamente magnificaran la narración con evidentes fines proselitistas.


Las interpretaciones racionalistas y naturalistas de la Biblia (aquellas que intentan encontras explicación a lo narrado sin recurrir a lo sobrenatural) descartan que dicho oscurecimiento aconteciera por causa de una tormenta de arena primaveral, ya que era un acontecimiento usual y que no hubiera causado sorpresa. También cabe descartar de inmediato el eclipse de sol, pues como sabemos, la Pascua judía conlleva la presencia de la luna llena (todos los Jueves Santos hay luna llena) lo que supone que el sol no puede ser eclipsado por la luna. Sin embargo, sí hubo un suceso de índole astronómica que supuso una disminución de la claridad sobre Palestina:



Y es que los astrónomos han datado con precisión inigualable que el 3 de abril del año 33 en Palestina se avistó un eclipse parcial de luna entre las 17:45 horas y las 18:39.






La influencia de la "psicosis mesiánica"

Desde hacía décadas, los judíos vivían en un permanente estado de alerta. Las expectativas sobre la inminente llegada del Cristo se habían disparado desde la dominación romana. Había numerosos motivos para que los estudiosos del Tanaj (el equivalente judío del Antiguo testamento cristiano) fomentaran esta creencia (o al menos no la combatieran) en el pueblo. El cálculo de las setenta semanas de la profecía del Libro de Daniel, conforme a determinadas interpretaciones, reforzaría la creencia de la llegada del Mesías. Asimismo, numerosos miembros de la comunidad judía cuyo prestigio era indudable para sus correligionarios indicaban que "sentían" como muy próxima la llegada del Mesías. Eso no supondría ninguna novedad, ya que es probable que en toda generación hubiera habido personajes prestigiosos que afirmaban lo mismo. A mi humilde entender, este tipo de personajes son claramente identificables en los Evangelios en las figuras de Simeón y Ana (Lucas, capítulo dos, 25 - 46).



También cabe tener en cuenta las tensiones religiosas entre las distintas sectas judías: saduceos, esenios, fariseos, zelotes, etc, pugnaban por elevarse como los más sabios, rigurosos y piadosos de entre los seguidores de la Torá (con excepción de los zelotes que centraban su doctrina en la necesidad de liberación "nacional" judía). Ni que decir tiene que para todos supondría la confirmación de su supremacía religiosa el hecho de que el Mesías apareciera de entre sus maestros y seguidores.



La situación política de unos judíos rodeados por religiones hostiles, infiltrados por el paganismo de diversas corrientes, dominados por Roma y humillados bajo el talón de un rey al que consideraban extranjero, obligados a pagar tributos al César y con numerosos israelíes trabajando para la administración romana, debía ser algo insoportable para quienes añoraban, sin haberlos vivido, los tiempos del rey David y del constructor del templo, Salomón, linaje del cual nacería el Cristo. Ante la desesperada postración de Israel ante sus enemigos, la esperanza en la llegada de un Caudillo—Mesías resultaba el único analgésico para muchos judíos.



Ni que decir tiene que se multiplicaron los autoproclamados Mesías, quienes siempre eran vituperados por las sectas rivales de quienes les apoyaban.

Sabiendo de la obsesión con el advenimiento del Mesías que recorría Palestina de cabo a rabo, no es difícil suponer que muchos le dieran al eclipse del 3 de abril del año 33 un significado sobrenatural. Si un autoproclamado Hijo de Dios había expirado en la cruz momentos antes, un pueblo que tan sólo en su exilio en Babilonia había contado con conocimientos astronómicos considerables, podría entender como señal divina el repentino y (para ellos) imprevisto oscurecimiento del día.





Fallos posibles de la teoría

Los puntos más frágiles de la argumentación expuesta (que no es mía, por supuesto, aunque aquí la haya compilado) son la verosimilitud del dato ofrecido por el autor cristiano Juan Malalas y la insuficiencia del dato astronómico del eclipse parcial de luna para explicar lo narrado en los evangelios.

Sobre Malalas, cabe insistir en que no se usa su testimonio como piedra angular sino como elemento auxiliar para inclinar la balanza (y no de manera definitiva) entre las dos fechas en litigio, a las cuales se llega por datos múltiples, la mayoría de ellos presentes en los evangelios o deducibles mediante cálculos cronológicos comprobables por cualquiera que muestre cierto interés y aplicación.

Respecto al eclipse y su encaje en los evangelios, es cierto que existe una posible contradicción. Hemos mencionado que la hora del eclipse fue entre las las seis menos cuarto y las siete menos veinte (aproximadamente) de la tarde. Pero en los evangelios se dice con claridad que las "tinieblas" se extendieron durante nada menos que tres horas, la sexta y la nona, esto es, el mediodía y las tres de la tarde. Dicha incompatibilidad entre la hora del oscurecimiento y su duración, no ha sido resuelta aún por los investigadores.

Podemos alegar aquí que el estudio racional de un texto con finalidad proselitista, nunca puede resultar plenamente satisfactorio. Al respecto, recordemos que en el evangelio de San Mateo también se dice que "las rocas de rajaron" y que "muchos sepulcros de santos se abrieron y estos se aparecieron en Jerusalén". No hay constancia de ningún terremoto ni tampoco de la aparición masiva de cadáveres redivivos, menos aún incorruptos. La Iglesia, cuando algún suceso bíblico parece difícilmente sostenible, siempre alega que no se puede interpretar la Biblia de manera literal. No creo que el hecho de que el eclipse de luna no explique todo lo referido en los evangelios, deba suponer un elemento de juicio en contra de la fecha del 3 de abril del 33. ¿Qué posibilidades había de que coincidiera un oscurecimiento natural en Palestina en esas fechas? Cualquier otro eclipse de luna queda lejano, y como decimos, se descartan los eclipses solares por la concurrencia de la Pascua judía.


Nuestras creencias son independientes de lo que es el entretenido juego de encontrar una fecha exacta. Sin la especulación y el encaje de bolillos imprescindible para ofrecer una fecha, no se podría rastrear la verdadera existencia de un hombre que a pesar de su importancia posterior no dejó ninguna prueba irrefutable de su existencia. Sea como sea, las posibilidades de que un predicador que obtuvo un relevante nivel de seguimiento en aquellas tierras, fuera crucificado en el Gólgota el día 3 de abril del 33 en el que los habitantes de Jerusalén y las regiones limítrofes contemplaron un eclipse de luna, son altas.



Fuentes:
Joaquín Cabanillas Reguillo, "Ciencia y religión".

Mauro Strabeli, "Biblia: preguntas que el pueblo se hace".
Larry Richards, "Ciencia y Biblia, ¿se contradicen?".
Isaac Asimov, "Guía de la Biblia-Nuevo Testamento".
Victoria Robbins, "Los textos bíblicos".
Juan Malalas, "Cronografía".
Santos Evangelios.