Quienes sigáis
el interesante blog de Luis H. Arroyo, bloguero prolífico como pocos, conoceréis su sólida opinión acerca de la crisis de la eurozona. Para manejarla -y simplificándola mucho (con su permiso, espero)-, diré que un elemento esencial consiste en ver la moneda única europea como una cuestión eminentemente política y no económica, una unidad forzada de arriba a abajo,
antinatural (en el sentido de ir contra la realidad del mercado) y por tanto,
potencialmente peligrosa.
El alma del euro es el marco alemán, pero su cerebro parecería ser más bien francés. Las vísceras corresponderían a otros países de la eurozona que tradicionalmente han tenido muchísimas más fluctuaciones monetarias que los teutones, singularmente naciones del sur de Europa, aquellas que con el típico complejo de superioridad anglosajón, hemos sido denigrados con el término
PIGS (Portugal, Italia, Grecia y España). Recientemente, la "I" ha pasado a ser "desempeñada" por Irlanda.
Llegada la crisis y debido a la manga ancha de la burocracia europea, todos los países que lo componen han cometido "pecados contra el euro". Algunos han ido demasiado lejos, dejando salir a flote su largo historial inflacionario, deficitario y de política monetaria laxa y populista (vamos, socialista). Así que los
PIGS, tras aparentar cierta disciplina monetaria y fiscal en tiempos de crecimiento (y burbuja) vuelven a las andadas cuando llega el temporal.
Si cada uno de los países en problemas tuvieran su propia moneda, podrían capear la tormenta mal que bien
recurriendo a la devaluación, como ha hecho Reino Unido e hizo la España de González. No es una solución elegante, ni mucho menos honesta (no deja de ser un hurto a toda la población del país devaluado), pero al menos
es una solución, aunque sea parcial.
Pero el euro imposibilita esa opción. Se ha demostrado que
algunos países no formábamos parte de un área monetaria óptima; que la idea del euro de que el rigor fiscal alemán se extendería por los países miembros
era una quimera. Al contrario, ahora es Alemania la que ve a otros países como un lastre (y con razón).
Asumiendo que el euro fue un empecinamiento político que relegaba a la Economía a un segundo o tercer plano, ¿la culpa de la crisis es del euro?
En mi humilde opinión,
la respuesta es que no. Decir que el euro ha sido un agravante de la crisis y un impedimento para salir de ella considero que es realista pero también que supone ver al euro como un elemento más importante de lo que es. Lo veo similar a considerar internet como la causa de ciertos delitos (cuando es el medio). Internet puede favorecer la comisión de ciertos delitos y la impunidad de los delincuentes, pero la causa última hay que buscarla en los autores del delito.
El euro suponía una llamada al rigor fiscal y financiero de los países miembros, una especie de "alemanización" de muchas y variopintas naciones. "Ser como alemanes" sonaba bien en principio, suponía mayor eficiencia, mayor productividad, más carácter emprendedor, más dinamismo, más competencia, menos paro, un sistema federal más racional y menos populista...
Sólo había un problema: que no somos alemanes.
El propio Luis H. Arroyo indica bien a las claras en su libro
"Economía desde el principio" la importancia del sustrato ideológico y ético (religioso incluido) en el surgimiento de los mecanismos y comportamientos económicos, no sólo a nivel individual sino de ejercicio del poder estatal. Es en este sentido donde no considero que el euro sea la raíz del problema, sino la
tendencia congénita de la "eurocracia" (burocracia europea) a no respetar sus propias normas.
Con los gobiernos socialistas de Jospin en Francia y Schröder en Alemania, el eje en torno al cual gira la Unión Europea se transformó en dos países deficitarios, inflacionistas y poco rigurosos.
Tras la coalición rojiverde en Berlín y el sometimiento de Chirac a Jospin y la debacle de la semana laboral de 35 horas en París, los dos grandes estados-nación europeos empezaron a fabricar parados. A finales de siglo XX y principios de XXI, el comisario de Economía y Finanzas de la UE -que era un tal
Pedro Solbes- irritaba a alemanes y franceses "llamándoles al orden" y poniéndoles como ejemplo de país riguroso y con cuentas saneadas a... ¿adivinan?, la España de Aznar.
Con todo esto, lo que quiero decir es que
más importante que el euro y sus limitaciones es la política llevada a cabo dentro del marco del euro. Hubo unos años en los que los alemanes no parecían alemanes (llegaron a los cinco millones de parados) y los españoles no parecíamos españoles (uno de cada dos empleos creados en la UE, era español; con Zapatero se ha llegado a crear uno de cada tres parados generados en la UE).
Los españoles no estamos fatídicamente condenados a ser un país de camareros y destino turístico de los ciudadanos ricos de la Unión.
Son nuestras decisiones las que nos condenan, no un destino inexorable. Podemos hacer las cosas bien. Falta voluntad política y mentalidad de trabajo, claro, pero lo hicimos en un pasado reciente, logrando metas que otros secularmente más capaces que nosotros no lograban alcanzar.
Los requisitos estipulados en los
criterios de Maastricht eran una semilla razonable, pero precisamente se pasaron por alto porque parecía una blasfemia sancionar a Francia y Alemania. De aquellos polvos vienen ahora los lodos de Grecia... y España.
Comparto la opinión de que
si se sale de la crisis, hoy en día no será gracias al euro si no a pesar del euro, pero es la acción política y los hábitos socialistas de la población los que han generado la crisis (principalmente) y los que entorpecen su salida de ella.
El euro no es el problema en sí, sino que sea la moneda más politizada y demencial que ahora mismo existe. Su inestabilidad surge de el sobredimensionamiento que las decisiones políticas tienen sobre ella. Dado el mejunje de poder que conforma la Unión y los intereses dispares cuando no confrontados de los países miembros, el euro no tiene un comportamiento de mercado, sino que es un pelele en manos de políticos, los más de baja estofa moral, y muchos además, de nula preparación económica. Si los políticos se tomaran en serio al euro y se castigara a los infractores, la potente señal de rigor y credibilidad reforzaría la moneda y reduciría las políticas socialistas de muchos gobiernos nacionales.
Pero son los zorros los que se han puesto a cuidar de las gallinas.
No considero que el euro sea el problema, considero que en todo caso, los que sí son el problema convierten en más problemas todo aquello que tocan. Y el euro, para nuestra desgracia, está en sus manos.